sábado, 29 de noviembre de 2014

¡SORPRESA!

Montaje gif efectuado con algunas de las fotos publicadas en la página de Veinte relatos para trayectos cortos.

viernes, 21 de noviembre de 2014

Eres el

Eres el ....

Leo poemas de Neruda,
y cada palabra me llega
mi corazón y mi alma se paran
porque esos poemas reflejan
un amor que yo siento
que invaden mis pensamientos
que se ilusionan mis sentimientos.
Y ahora intento escribir uno
para que tu sepas
que llenas de luz mi oscuridad
que pintas de arco iris mis días
que dibujas la luna cada noche
y cada sonrisa que me regalas

refleja la felicidad en mi mirada.

Kristin Martínez

lunes, 17 de noviembre de 2014

Veinte relatos para trayectos cortos

El próximo jueves, 20 de Noviembre, presentación del libro de 20 soñadores.
Varios de los autores firmaran el libro. A las 19:00 horas en Cafetería/Librería "La Ciudad Invisible", calle Costanilla de los Ángeles, 7, Madrid.





Estos son los veinte autores y sus relatos:

Aïda M. Loizu Un día de vacaciones

Ana J. Lozano Quédate conmigo

Blanca Vega El indulto

Cristina Martín Reinventando mis recuerdos

Cristina Ruiz Gallardo Tempus fugit

Cristóbal Sánchez Morales Fragmentos de papel

Emilio González Valcaneras ¿Eres tú Marilyn?

Esther Camacho Las libélulas rojas

Javier Fernández Lunáticos

José Fernández Hernández Las ausencias de Celia

Leandro Fernández Desde la otra orilla

Leire Meabe La Comunidad de Vecinos del Bloque Treinta y seis

Llorens Bustos Fernández Zapatos de tacón de aguja


Lorenzo Doncel Libros en la nevera

Marga García Pacios Carissia

María Dolores Jiménez García La Casa Grande

Matilde Selva Sobre la espalda

Paloma Cobollo No me acuerdo de olvidarte

Pascual Gozálvez “Elggin & Hijo”

Sonia Esser Malignocencia
J

sábado, 15 de noviembre de 2014

Aún queda luz





Por la comarcal traquetea una camioneta en el atardecer de agosto. El conductor, capataz de la hacienda La Venturosa, lleva a la propiedad a doña Soledad Ana, sobrina del viejo Martín Martín dueño de la finca.

La mujer se ha recolocado el sombrero varias veces queriendo escapar del sol. Suspira con languidez. Saca un pañuelo festoneado de encaje de su bolsa de mano y lo pasa por la nuca y la frente con disimulo. Entrecierra los ojos y se pregunta por qué se le ocurrió venir al fin del mundo. La herencia, sí; la carta del administrador del tío Martín, claro; su sentido de la responsabilidad, sobre todo eso. Atravesar el país. Todo por una granja qué solo Dios sabía de qué le iba a servir, piensa contemplando sus manos de piel fina y los dedos desnudos de alianza.


La carretera terminó hacía un rato. Ahora, el camino polvoriento atraviesa una zona llana y desértica cuyo fin es el horizonte. Algo oscuro, de forma irregular llama su atención. Lo señala al capataz. El hombre carraspea.


─Serán hijos de la mujer que vive en el chamizo. Tiene cinco o seis. Los deja ahí de vez en cuando. Espera que alguien los recoja.


La respuesta de Soledad Ana queda suspendida al borde de los labios marchitos. En ese momento pasan por delante del bulto: dos niños de pelo revuelto sentados sobre una manta deshilachada. Mira con desconcierto al hombre que conduce.


─ Señora, antes que verlos morir de hambre prefiere que se los lleven. Dice que se le ocurrió al ver que una carreta recogió a un perro que se había tendido en el erial.


─Regrese.


─Mejor seguimos. Esto le viene grande, dicho sea con todo respeto. Además, no queda mucha luz y la necesitamos para llegar a la hacienda. Las últimas lluvias destrozaron el camino…


─Quiero hablar con ella.


El capataz resopla, pero da la vuelta. Se detiene ante los niños que los observan con ojos imperturbables.


Al empujar la puerta de la choza se oye rechinar las bisagras oxidadas como el graznido de un pájaro cortando el aire. En el centro de la pieza una mujer mugrienta apila hojas y ramas; se incorpora y encuentra la mirada de la forastera.


─Tengo seis hijos, no puedo alimentarlos. Llévese alguno ─dice a bocajarro─. La Beneficencia me acogió dos, pero no más.


Soledad Ana se espanta: un catre, dos orzas, un cubo y un balde de hojalata, y una estera en el suelo arenoso dónde se apretujan unas criaturas. “Alguien tiene que ayudarla”, dice hablando para sí. La mujer clavándole la mirada, ruega “Llévese a estos dos. Ayúdeme usted ya que está aquí”.


El capataz cruza los brazos sobre el pecho y observa a la señora. Se lo advertí ―parece decirle―. Sí, prométale que hará gestiones, que volverá en una semana. Mejor eso. Aunque usted no logrará nada porque ella lo intentó todo. Y es más mujer que usted, señora, dicho sea con todo respeto.


En los siguientes días, Soledad Ana visita al administrador de la propiedad y cuenta la historia. “Qué barbaridad, siento que haya tenido que ver eso nada más llegar a nuestro pueblo. Muy triste. Pero es el Estado el que debe ocuparse. Nadie puede apropiarse de unos niños así como así, como si fueran…pajarillos caídos del nido. ¿A usted no se le habrá pasado por la cabeza, verdad? No, claro que no. Son seres humanos, los dos lo sabemos”.


Tras solicitar audiencia logra que un funcionario del Estado la reciba. “Conocemos el caso, por supuesto. Esa mujer siempre ha vivido así. Allí la parió su madre y allí se quedó. Lástima por los chiquillos, pero saldrán adelante como lo hizo ella”, sentencia el hombre.


Esa tarde, Soledad Ana pasea por la hacienda, cabizbaja a veces, mirando al horizonte otras. Este lugar extraño, perdido en mitad de la nada. Para qué lo quiero. Tal vez crear un lugar de retiro espiritual. Tal vez organizar una casa de acogida, una escuela. Si don Cástulo quisiera venir aquí sería diferente. Bendito sea el padrecito, mi guía, mi amor Dios me perdone. Pero no dejará la feligresía, lo sé. Yo tendría que renunciar al bien que hacemos, a las visitas a los enfermos, a las catequesis, a nuestras lecturas del Martirologio. No, a la noche diré al administrador que no viviré en La Venturosa.


“En ese caso no heredará la propiedad porque esa es la condición impuesta por su tío, en paz descanse. Pasará al Estado”. “Haga lo que tenga que hacer, pero mañana regreso.” A qué esperar más, cada día aquí es día perdido.


De nuevo en la camioneta intenta concentrarse en que dirá a la mujer que la espera, pero le resulta difícil: cuanto más se acorta la distancia más la posee un comezón como el que siente cuando la linchan los mosquitos. El capataz la mira de reojo con media sonrisa. Sí, él sabía. De alguna manera supo que si hubiese sido ella la conductora habría pasado de largo. Soledad Ana desciende con ímpetu del vehículo y cierra la portezuela con un golpe que lo hace tambalear.


La puerta de la choza cede como la otra vez. Un cuchillo de luz ilumina la pared de barro y cañas y ve a la mujer tendida en el catre y a los niños sentados alrededor. Se levantan los dos más grandes, la agarran cada uno de una mano y tiran de ella. Creía que la madre dormía hasta que se fija en la tierra empapada por algo oscuro y amorfo bajo el camastro. Indica al capataz que abra la puerta por completo: la palidez del rostro, los labios blanquecinos, la postración, la hendidura bordeada de rojo oscuro medio oculta entre los pliegues del refajo.


El capataz se acerca liando un cigarro, carraspea, “Siempre fue luchadora. Ya lo consiguió. El Estado se ocupará”.


Marusela Talbé

Playlist


Primera novela de Manuel Garrido Hernández, uno de los "soñadores".



Una historia para leer escuchando. Un amor distinto a los demás que emerge rompiendo las normas que rigen el azar. Un hombre y una mujer cuyos corazones laten al ritmo que marcan las más conmovedoras armonías. Primera novela del ganador de la segunda edición del Premio de Narrativa Breve El Placer de Escribir, convocado por Planeta DeAgostini.


viernes, 14 de noviembre de 2014

La ensaimada abandonada



Siempre que camino por las inmediaciones del parque Alquería Nova, suelo atender con precisión por donde piso. En la zona suelen pasear algunos con sus perros, permitiéndoles evacuar lo que les sobra a diario. Aquella mañana me sentí satisfecho; a lo lejos descubrí lo que me suponía: un gran zurullo con forma de ensaimada mallorquina. Pensé que el perro debería haberlo sentido, no tanto como su dueño por dejarla abandonada, a pesar de que el ayuntamiento mantiene la ordenanza municipal que sanciona a los que omiten recogerla. Es obvio que el animal aquí poco tiene que ver, ya que seguramente sea sacado de su casa para tal menester. Me sentí satisfecho al vadearla y con ganas de avisar a los que se aproximaban en sentido contrario, no lo hice, pensando que por su magnitud, la esquivarían como lo hiciera yo. Al llegar al cruce con la calle Gregorí Mayans escuché una voz conocida, me giré y descubrí a Javier, aguardé para saludarle. Por indicarme que iba con dirección a la farmacia, le acompañé hasta el paseo Germanías. Nos despedimos, pero antes de hacerlo, se me acercó y me dijo al oído:

—Creo que en el paso de peatones has pisado una mierda… de perro.

Resignado, miré la suela de mi zapato, y sí, sí que la había pisado.



POR FIN VIENE

Poema ganador del segundo concurso: "Si las imágenes pudieran leerse".


Por fin viene;
se alza sobre el agua y la camina
―¿quién se acerca?―.
Hiere su verde luz
al fango
que intentó ahogarla
―¿qué ilumina?―.
Tanta lágrima grita
en tantas manos
que no puede la cloaca
contenerla
―¿y ese canto?―.
Por el río de la vida
llega; una a una,
paso a paso,
todas juntas
contra el lodo
―¿tú la ves?―.
Mírala:
entre los juncos altivos
del silencio
y los huesos cansados
de la tierra
camina
La Esperanza.

domingo, 9 de noviembre de 2014

Casi lo mismo

Cuántas palabras contenidas en esas hojas, cuántas vivencias, realidades y mentiras. Como en las personas. Como en mí. Libros y gentes, ¿no serán la misma cosa? -se preguntaba el viejo sentado ante la biblioteca-. No, es evidente que no, ellos son eternos.


Marusela Talbé

lunes, 3 de noviembre de 2014

El espectador


Poema ganador del primer concurso: Si las imágenes pudieran leerse.





EL ESPECTADOR


Ya se desmorona la cultura.

Nunca quise ser testigo

de este trágico momento,

pues en el fondo sabía

que ese día llegaría

y yo sería el único espectador.

Arrojaré la cerilla

de mi último cigarrillo

a mis pies, sobre las ruinas

de la memoria de los hombres.

¿Renacerá de sus cenizas?

A nadie le importará

porque yo también

me habré consumido.



José Ángel Fernández







domingo, 2 de noviembre de 2014

ACECHO

 "Si las imágenes pudieran leerse".
En la penumbra de la tinta 
acecho
como texto invisible 
a punto de palabra; 
un verbo que conjuga 
ese mundo sin nombre 
a pesar de que ha sido 
luminoso alfabeto. 
Tanta luz oscurece 
las anónimas páginas.