sábado, 28 de marzo de 2015

Ante el espejo (Ejercicio en segunda persona)

Te va bien Victoria. Hasta ahora al menos. Solo que ahora una idea se ha metido en tu cabeza: escribir. Una sugerencia de Manu,  «Planeemos un año sabático», se ha convertido en  irrenunciable. Escribir en soledad, sin interrupciones. Tantas lecturas deben servirte para algo y la proximidad del mar, el sosiego que te proporciona, también.
Pero dejas atrás personas. Algunas no te importan demasiado, sé sincera. Las compañeras de trabajo, por ejemplo, previsibles con sus ciclos menstruales, sus conflictos con los hijos o con los padres, con su bondad natural para solidarizarse con problemas ajenos «¿tú quieres que yo…?» Qué aburridas te parecen, aunque tú pertenezcas al mismo género. Y eso es un conflicto, ¿verdad?, ser una de ellas y no sentirte cómoda entre las de tu clan y sí en el opuesto, el masculino. En realidad no crees que sean opuestos; opuesto suena a cosas muy diferentes y tú quieres creer que no es así, que todos son personas y ya. Puede que hayas sido injusta con ellas, que no les hayas dedicado suficiente atención, que las hayas estereotipado sin pensarlo demasiado, al primer golpe de vista. Y eso tampoco es así, Victoria. Tampoco es así por  mucho que te gusten los hombres, mejor dicho, la naturaleza masculina. ¿Habrías querido  ser uno de ellos? No: te encanta coquetear —cruzar las piernas cuando estás repantigada en el sillón, beber la copa mirando de reojo a la víctima, observar el vacío por encima de su hombro cuando te habla—  y esto no sabe hacerlo un hombre. Ni aunque se lo propusiera. Van de frente.
Lo que te ocurre es que los admiras. Admiras al noble bruto, la valentía con que ha admitido la mayor responsabilidad desde el inicio: alimento y protección para la familia. ¡Si te oyera una feminista! No te importa, tendrías argumentos nombrando a tu padre,  hermanos, a tu amigo homosexual que es también hombre —aunque esto sea su tormento,  ninguna mirada como la suya para hacerte sentir la más femenina y deseada al verle morderse el labio, entrecerrar los ojos envidiosos—. Y, bueno, puestos a nombrar, tendrías que nombrar a Manu.
Manu con sus prontos de genio  vivo, con su necesidad permanente de ternura; Manu con su dedicación al trabajo, a ganar dinero, mucho, como si lo necesitara para adquirir una parcela revalorizable en el Más Allá y construirse su Paraíso. De tanto trabajar ha olvidado como disfrutar el dinero aquí o, tal vez, piensas, le resulta tan complicado conseguirlo que se convierte en demasiado valioso para prodigarlo, aunque a ti no te niega nada. Manu con su miopía convertida en ceguera; Manu, sacudido por tus reproches cuando le echas en cara sin la menor compasión que está desperdiciando su vida por arrastrar un carro en el que muchos se han subido cómodamente sin dar, apenas, nada a cambio.
Como tú, Victoria. Porque tú también te aprovechas. De dónde si no el Audi completo de extras; de dónde el viaje anual a cualquier parte del mundo; de dónde las joyas de Suárez o las fiestas de cumpleaños en el local de moda. Tú podrías pagar el piso —no en el que vivís, claro—  un coche aparente y la ropa de marca, pero nada más, chica. Él sostiene tu mundo pero tú dices que la felicidad es otra cosa. En realidad no sabes qué pensar.

Por eso te vas a la casita de la playa sin comodidades, no por snobismo, no. Vas a escribir, sí, pero en realidad vas a demostrarte hasta dónde puedes prescindir de eso que crees que no es necesario para ser feliz. Hasta dónde puedes prescindir de Manu.

Visita médica



                                                                                Visita médica


A las nueve de la mañana el hospital era como un hormiguero. Una marea de personas recorría todo el edificio, al parecer, con instrucciones claras de su cometido. Melisa, doctora en psiquiatría, se dirigía a su despacho por un pasillo encerado y reluciente franqueado en uno de sus lados por numerosas puertas blancas. Al llegar vio que había pocos enfermos en la zona de espera. La jornada se presentaba tranquila, aunque ella no podía decir lo mismo de su estado de ánimo.  Desde hacía tiempo le preocupaba la situación de Enrique, uno de sus pacientes y antiguo compañero del colegio, que un día se sentó en el diván de su consulta como un extraño y empezó a relatarle su angustioso mundo interior con una crudeza que la sobrecogió. Temía por su vida. Sus delirios suicidas podían un día cumplirse y ella tenía que evitarlo por su familia: una mujer y tres hijos que no terminarían en la calle, si ella podía evitarlo.

Tras dos toques en la puerta ésta se abrió.

—Hola, Melisa —dijo la enfermera de análisis clínicos—. Tengo el expediente completo de tu paciente, Enrique Lanez, con las pruebas que pediste. Le he llamado para que venga a recogerlo y me ha dicho que tenía cita contigo, te lo traigo para que se lo des.

—Gracias, ya he visto en el ordenador que todo ha salido normal. Si no te importa, déjaselo a mi ayudante para que lo meta en un sobre y se lo dé antes de irse.

Enrique llegó más demacrado que otras veces. Se notaba que no había dormido y su aspecto desaliñado indicaba su desinterés por todo lo que le rodeaba. La sesión fue larga y tensa. Al menos, durante esa hora, consiguió convencerle de que no dejara la medicación.

Enrique fue el último paciente. Cuando se fue, Melisa se acercó a la mesa de su ayudante y un expediente colocado sobre un montón de papeles le llamó la atención.

—¿Es que no le has dado a Enrique su historia clínica? —le preguntó a Rosa.

—Claro que se la di.  Lo hice cuando salió de tu despacho.

—¿Y esto? —dijo Melisa señalando el lugar donde estaba la carpeta de su cliente.

A Rosa le cambió la expresión de la cara, que pasó de mostrar una seguridad rutinaria a una duda preocupante.

—No puede ser. Creo habérselo dado. ¿Y si lo he confundido con otro enfermo?

—¿Qué enfermo? —dijo Melisa, nerviosa.

—La otra carpeta que tenía era la de Enrico Gámez, que ahora no me aparece. A lo mejor me he liado con los nombres.

—¡Dios mío! No sabes lo que has hecho. Enrico está desahuciado por un cáncer muy agresivo. Te di su historial para devolverlo a la consulta de oncología. ¿Cómo no te diste cuenta? Llama a su mujer de inmediato para avisarla de que no abran el sobre. Diles que voy a su casa ahora mismo con las pruebas correctas.

Melisa salió al pasillo con la vana esperanza de poder encontrar a Enrique cerca de la salida del hospital. Cogió un taxi y rezó para que no ocurriera una desgracia, mientras marcaba un número en el móvil. Una voz monótona repetía, una y otra vez, que ese teléfono no estaba disponible. Le dijo al taxista que cogiera el atajo del puente, por si acaso.

Por su parte, Rosa llamó con insistencia a casa de los Lanez sin obtener respuesta. El teléfono comunicaba cada vez que marcaba. Entre llamada y llamada, iba levantando todos los papeles de la mesa en busca de la carpeta del señor Gámez, sin ningún éxito. Se disponía a abrir los cajones del fichero, cuando tropezó con la papelera, que se volcó, esparciendo por el suelo todo su contenido. Y ahí, apareció el expediente junto a unas fotocopias arrugadas, papeles de caramelo y restos de un sándwich. 

Melisa llegó jadeando al tercer piso. El ascensor no funcionaba. La mujer de Enrique le abrió la puerta y al verla sonrió.

—Pasa, doctora —estábamos celebrando con los niños el regalo del hospital.

—¿Qué regalo? —dijo Melisa, desconcertada.

—El que le dieron a Enrique esta mañana. Venía en un sobre y eran unos tebeos junto a unas entradas para ir al circo.


                                                                                                                    Mar Lana


Relato ganador de El Tintero Virtual, tema “suspense"
http://netwriters.es/visita-medica/



miércoles, 25 de marzo de 2015

El fantasma del túnel



       El niño sentía pánico ante la llegada al túnel, pero su padre seguía insistiendo y trataba de convencerle de que allí nunca había existido fantasma alguno. Aunque conocía la leyenda del ferroviario que murió por causas extrañas cuando quiso salvar la vida de una mujer embarazada, desde que comenzaron la excursión, insistió en que todo era fruto de la imaginación de la gente. Cada vez estaban más cerca de aquel agujero que traspasaba la montaña por un vía férrea desmantelada. Bebió de la cantimplora sin tener sed y continuó sin perder la distancia de seguridad que le ofrecida estar junto a su padre. Dio una carrerilla y le cogió de la mano.
       —Vamos no tengas miedo —Le animó.
       —¿Y si aparece el fantasma? ¿Qué hacemos papi?
       —Siempre hay que ir adelante, ten en cuenta que la oscuridad nos puede crear la dificultad de situación.
       El niño subrepticiamente comprobó que portaba su tirachinas en su bolsillo trasero del pantalón. De nuevo insistió:
       —¿Y si nos quedamos sin luz en la linterna?
       —No te preocupes, en el lado derecho existen unos pasillos que dan al exterior, se hicieron para que saliera el humo del carbón de la locomotora que funcionaban con vapor.
       —¡Carbón! ¿Cómo el que me trajeron los reyes magos?
       —Es otro diferente. Cuando entremos iremos con atención, puede venir algún ciclista a gran velocidad y nos pueda atropellar.
       —¿Te puedo coger aunque sea del pantalón?
       —Tienes diez años, yo a tu edad ya lo había cruzado con mi padre en varias ocasiones; valiéndonos tan solo de una candela. Además, los pequeños pasillos reflejan luz, son cuatro y de uno al otro hay poca distancia.
       —Tengo ganas de mear.
       —No me extraña, te has bebido casi toda tu botella.
       Su padre se colocó la linterna en la frente soportada por una goma que rodeaba su cabeza. El niño comenzó a engullir saliva con dificultad. Solo sentía una corriente de aire que parecía querer invadir su cuerpo. La poca luz del exterior comenzó se esfumarse y llegó la plena oscuridad.
       —¡Ni se te ocurra separarte! —Insistió su padre.
       Samuel observó un claro de luz que provenía del lateral derecho, presumió que sería uno de los conductos que su padre le había indicado y que servían para la evacuación de los humos. Sin embargo, él insistía en que era en donde sus amigos le habían contado que aparecía el fantasma.        Atravesaron la luz del primer pasillo; su padre silabeaba una canción de moda, y eso a él le tranquilizaba. Todo iba bien hasta que volvieron a ver la luz del siguiente boquete. De repente, dejó de escuchar a su padre. Se detuvo para afinar el oído en la misma entrada al pequeño túnel. Al poco apareció la figura de una persona que se perfilaba con el trasluz, quedó absorto sin saber qué hacer. Notó como algo caliente bajaba por su entrepierna, apenas se dio cuenta de que su orina llagaba a empapar la zapatilla.
       —¿Eres el fantasma? —Preguntó Samuel.
       —¿Acaso tienes duda?
       Permanecía quieto, sin dejar de convencerse de que aquello no era más que una alucinación, sus ojos no cesaban buscar a su padre; aquella voz tenebrosa añadió contundencia:
       —¡Soy el fantasma del túnel! ¡Estoy aquí para amonestar a los niños vagos y desobedientes como tú!
       —Yo soy obediente…
       —¡Ni de coña! Suspendiste mate y lengua. ¿Acaso dudas de nosotros? Sabemos todo de los niños como tú.
       Muy cuidadoso asió el tirachinas y lo empuñó, del bolsillo delantero sacó una canica y la colocó en el cuero, poco a poco subió su mano izquierda, mientras con la derecha estiraba la goma todo lo que podía. Apuntó al objetivo cerrando un ojo, soltó la canica que fue a impactar en el centro la linterna.
      —¡¡¡Me caguen!!! —Gritó el fantasma.
      —¿Papá?

Resaca electoral




 

Al finalizar el recuento electoral, y ante los medios de comunicación, una periodista con micro en mano entrevistó al cabeza de lista:

—Buenos noches, nos encontramos en la sede central del partido SPSP y está con nosotros su secretario general. ¿Qué nos tiene que contar después del batacazo electoral de su partido? Es evidente que han perdido las elecciones.

—¡Eso lo dice usted!

—Según los datos oficiales del ministerio del interior, han perdido sesenta escaños en el congreso.

—¡Perder! No es la palabra correcta. Mi partido se consolida como una fuerza permanente. Mire usted, el electorado ha sufrido un cambio de estrategia, quiero decir con ello que hemos salido reforzados…

—¿Acaso no está convencido de su derrota?

—… ¿Qué derrota?

 

viernes, 20 de marzo de 2015

PAQUETE RAYADO

Medalla de Oro del VIII Tintero Virtual de Netwriters, "Suspense", compartida con la autora Mar Lana Pradera.


La primera noche soñé que llamaban al timbre del portal y me desperté del susto. En la segunda, pregunté «quién es» por el videoportero, pero el reloj sonó antes de que pudiera oír la respuesta.
 
No recordaba haber soñado antes algo así. Mi inquietud aumentó tanto como mi curiosidad cuando no conseguí encontrar información al respecto en Internet; por lo visto no eran frecuentes los sueños por capítulos.
 
A la tercera noche escuché: «El cartero... un paquete para Isabel Giles».
 
Me obsesioné tanto con el sueño que perdí el interés por mis obligaciones, amistades y aficiones; durante el día solo pensaba en la hora de acostarme para soñar con el próximo episodio, pues intuía que el subconsciente quería enviarme un mensaje especial e importante; si no, ¿para qué tanta insistencia con la misma historia?
 
En la cuarta noche, la alarma del móvil me desveló cuando el cartero entraba en el patio para entregarme el paquete: nadie puede imaginar la rabia que me entró... Incluso pensé en seguir durmiendo y no ir a trabajar (ya me inventaría luego cualquier excusa), y, aunque me arrepentí a tiempo para coger el metro de las siete y media y llegar sin retraso, estuve todo el día con un humor insoportable.
 
A la quinta noche no pude dormir hasta las seis de la mañana del día siguiente, tal era mi excitación nerviosa. Menos mal que era sábado y descansaba ese fin de semana. Enseguida soñé que llamaban al timbre de mi piso y veía al cartero por la mirilla; le abrí la puerta y me entregó el paquete después de firmar el recibí.
 
Entraba en la cocina para abrirlo cuando el impertinente riiin del fijo me despertó. «¡Mierda! ¡Otro corte!», pensé al saltar de la cama. Me acerqué al teléfono, pero como no reconocí el número de la pantalla, no descolgué el auricular. «Esta vez no me despierto ni por un terremoto», pensé al sacar el cable telefónico del cajetín.
 
Regresé bostezando al dormitorio, dispuesta a no salir de él hasta que consiguiera abrir el paquete: no tardé en soñar que lo observaba con atención en la cocina. Era una caja de cartón de unos cincuenta centímetros de ancho, más o menos, por otros tantos de largo y de alto, y carecía de remitente. Tampoco sonó nada dentro al agitarla. Saqué un cuchillo del cajón y rasgué la cinta adhesiva por el lado donde estaba la etiqueta con mi nombre y dirección. En cuanto levanté una de las cuatro solapas, el sueño se oscureció y unos segundos después apareció la imagen previa.
 
Creo que el paquete está defectuoso, o mejor dicho, rayado, pues cada vez que intento alzar la segunda solapa, levanto de nuevo la primera. Y no me voy a despertar hasta que consiga abrirlo por completo.
 


sábado, 14 de marzo de 2015

Luna llena

Medalla de oro en "Gigantes de Liliput" con el tema "Luna llena"


La noticia se emitía por todas las cadenas en forma de titular angustioso. Lo habían advertido algunos demógrafos. Lo anunciaba a gritos el ejército de visitantes que cada día saturaba las calles, las colmenas de apartamentos que se amontonaban en torno a las zonas turísticas. Había sobreventa en los hoteles. Ni siquiera quedaban bancos en los parques tomados por los sintecho que mendigaban las migajas de la abundancia. Los políticos llamaban a la calma, pero preparaban sus maletas cargadas de culpa y dinero negro, para un éxodo convulso y desordenado.

Era el declive de los asentamientos lunares y el inicio del colapso. Las portadas de los diarios lo resumían en una frase explícita y dramática: “La Luna, llena”.

jueves, 5 de marzo de 2015

¡Ay, mar!

Relato ganador del VIII concurso "Si las imágenes pudieran leerse". Mi premio: el libro "Escrito en el agua", veintisiete relatos de diferentes autores.





¡Ay, mar! Generoso y cruel. No me canso de mirarte.

Siempre formaste parte de mi vida. No, fuiste mi vida. Buceé, nadé y bebí de cada uno de los océanos. Conviví con muchas de las criaturas que albergas en tu seno. Siempre igual, siempre cambiante. Con la luz del día luces bravo, desafiante; pero cuando llega la noche, y con ella la luna, te acercas a la orilla, para besarla, despacio, susurrante.

Desde mi puesto de vigía en la unión de los océanos, ¡ay, mar!, no me canso de mirarte.