miércoles, 31 de diciembre de 2014

Breve cuento de Año Nuevo



Nos encontramos en el pasillo que lleva al dormitorio y algo sucedió. No sé si en él fue la abertura de mi pijama entre los pechos, o que a mí me atravesó su mirada sugerente de «¿por qué no?». De repente estaba adherido a mi espalda y sentí su aliento cálido en la nuca, la humedad de su boca en el cuello, en los hombros, la irreverente presión entre las nalgas y esa forma única de volar que aprendimos a la vez. Sí, nos encontramos en el pasillo de un modo inhumano, lo sé, indigno en dos personas que están a punto de divorciarse.

Después de esto volver al salón fue volver a la realidad fría y meditada, una realidad de la que era imposible escapar y aun así, durante unos segundos, arrullados por el sonido de un televisor que nadie atendía, nos sostuvimos la mirada. Él me sonrió y dijo:

─ Marta, feliz año nuevo.

Le devolví la sonrisa y, sin más, continuamos nuestra tarea individual de repartirnos los recuerdos.

jueves, 25 de diciembre de 2014

Los lamentos del Moro.

El lamento del Moro - Francisco Pradilla.
        En lo alto de una loma, unos jinetes contemplaban desolados la ciudad que habían dejado atrás. Uno de ellos, el más joven, lloraba e intentaba atesorar todos los colores y matices que habían conformado el paisaje de su vida y la de sus antepasados hasta aquel momento.

     —¿Por qué lloras? ¿Te sientes culpable por perder lo que era nuestro?

     —Sí madre. He fracasado y vos conmigo. Ya no queda nada por decir. Debí haber hablado antes pero obcecado por el poder no vi que me llevabais a la ruina. ¿No deberíais sentir pesar vos también?

     —Eres hijo y nietos de sultanes. Poseías el reino con mayor esplendor de la tierra conocida y  no has conseguido mantenerte  en el trono. Mira la hermosa vega llena de frutales que rodean el palacio más imponente jamás construido y la ciudad que se rindió a tus pies y ahora, debemos abandonar todo. ¿Hijo mío, a dónde iremos? ¿Cuál será nuestro destino? ¿Dónde reposaran mis pies ya cansados?

viernes, 19 de diciembre de 2014

Dios los cría...

Dios los cria…

Llegó al desfile con retraso, a propósito, para que la vieran sortear las sillas, alcanzar la primera fila y sentarse en la que rezaba en el respaldo “Sra. del Jefe de Sanidad”. Esta jefatura no existía, pero ella lo había sugerido a su marido con la misma naturalidad con que elegía la ropa que debía ponerse. Él no dudó en acatar la indicación y ordenar a un soldado que consiguiera la chapa y la pegara a una silla de la primera fila.

Cuidado, le había dicho él a su mujer, no quiero señalarme. Porque el “jefe”aún no podía creer que fuera médico estomatólogo. No dentista, como no cesaba de aclarar su mujer a cualquiera y por cualquier motivo. Él no olvidaba el impulso que ella había dado a su carrera de medicina al interceder, rogar y llorar sin pudor, ante profesores cuyas asignaturas se le atragantaban; ella sí.

Después vino la plaza en el Ejército. Como huérfano de guardia civil usó la prerrogativa que le libraba de concursar en la oposición de acceso al Cuerpo de Sanidad.

A fuerza de años llegó a comandante.

Echaba en falta una medalla. Le dolía, sobre todo, al vestir el uniforme azul marino de gala, y ver destacar las condecoraciones por actos de servicio sobre la tela oscura en otros uniformes con un fulgor que le ataba un nudo en la garganta. Pero si era molesto para él pasear entre pecheras jalonadas de medallas, era humillante para ella que, a pesar del traje largo, los guantes estilo Hilda, el recogido subido a la coronilla, no lograse atraer las miradas lo suficiente para apartarlas de la desnudez del uniforme de su marido.

Fue en una de estas reuniones cuando siguió a la mujer del general hasta el servicio. Imposible saber en qué momento —si antes o después de— convenció a la generala para realizarle una revisión dental.

El día de la revisión llegó y  ella se plantó en la cabecera del sillón profesional desde dónde cruzaba miradas con su marido, aconsejando, unas veces ella, otras él, limpieza dental, empastes, blanqueamiento, tratamiento para las encías. Sin dejar de reconocer la salud que desvelaba la dentadura, y esto sí era la pura verdad.

La esposa del comandante que no solía pasar por la consulta porque las relaciones sociales le ocupaban su tiempo, se encontraba allí cada vez que tocaba visita de la generala. No desperdiciaba la ocasión para, como de pasada, hablar del escaso reconocimiento de que era objeto su marido en el ámbito militar.

La generala volvía a su casa abrumada por la amabilidad y el desinterés del matrimonio que se negaba a cobrar las visitas, y acongojada por la injusticia que se cometía con ellos. Al transmitirlo a su marido reconocían ambos la necesidad de una recompensa. Pasaron por sus cabezas, un jamón, una escultura de bronce, una colección de libros encuadernados en piel. Claramente era el jamón lo más acertado para la pareja, pero el general no se veía regalándolo por lo campechano del producto.

Una noche, al regreso de la consulta, contando a su marido como había ido la visita la generala pronunció la palabra medalla en lugar de recompensa, o premio, y sus miradas hablaron por sí mismas. Tanto él como su mujer  estuvieron de acuerdo en que la concesión de una medalla sería una bonita sorpresa y un acto de justicia.  


Marusela Talbé

El billete

El billete

Moviéndome con dificultad entre los coches me dirijo hacia la luz, proviene de una cabina acristalada, el foco cae sobre el rostro de un joven, lo tiñe de blanco, lo convierte en frío.

—Necesito ayuda —susurro.
—Está prohibido bajar del automóvil. Pueden atropellarle. Regrese a su vehículo, por favor.

Con gesto impaciente indica que me aparte.

—Creo que estoy en el aparcamiento de un centro comercial —añado sin moverme.

Me mira. Tiene dibujada en la cara una sonrisa diplomática y aburrida. Comprendo que estar sentado dentro de esa urna sin más que extender el brazo y repetir las mismas palabras puede acabar con el optimismo de cualquiera. Encima los jefes exigirán también la sonrisa. Debería ser un buen actor para engañar a los clientes con ella.

Como no le dejo cobrar los tickets, empiezan a sonar las bocinas. Se levanta y hace gestos a los conductores para que se tranquilicen. Me amenaza con llamar a seguridad. El estrépito aumenta al rebotar el ruido en las paredes. Se convierte en estereofónico. El tipo lleva una chapa en el uniforme: Héctor, leo. “Sabe Héctor, tiene usted un nombre de héroe que no se merece”, le digo dejando libre la ventanilla y apartándome a un rincón.

Un idiota. Así me siento mirando alternativamente hacia la calle y hacia la cabina. Cuando ya he perdido la esperanza de que me escuche llega el relevo de Héctor y él se me acerca.

―¿Qué le ocurre?¿No encuentra su coche? Le ayudaré a buscarlo ―dice con voz samaritana.

Pero no es tan sencillo. No sé qué ha pasado. Desperté tirado en el suelo entre dos coches con  un fluorescente a varios metros sobre mi cabeza; la luz parpadeaba y el tubo sonaba como si estuviera friendo moscas. No siento dolor. No estoy herido. Pero mi cabeza está vacía. Alguien me ha sorbido el cerebro con una pajita, le digo en un intento por desdramatizar, aunque noto la angustia reptar por la garganta, ahogarme. Héctor me pregunta por la documentación. No tengo nada: ni dinero, ni carnés, ni llaves, solo un billete de tren. Un billete del Rápido a Valladolid para las siete. Una pequeña luz parpadea en el interior de mi cabeza como un código morse. Demasiado rápido para descifrarlo.

Vuelve a la cabina dónde el relevo actúa, igual que lo hacía Héctor, con la indiferencia de una máquina. Por eso os sustituirán, pienso, no por la sonrisa. Hablan. Héctor sale con un móvil en la mano “Avisaré al 112”, comenta. No tengo idea de qué es. Miro el billete y me pregunto si el sistema informático de la estación archivará quién lo compró. He debido hablar en voz alta porque Héctor responde, “¡Sí, claro!..., lo malo es lo de la protección de datos. A lo mejor habría que recurrir a la policía para conseguir la información”. Otra vez el morse, esta vez lo descifro: policía no.

El 112 resulta ser un vehículo del que se apean dos mujeres con batas verdes que me sientan en la camilla del interior. Tras multitud de preguntas y algunas pruebas neurológicas,  deciden que no se trata de una urgencia. Empiezo a ser consciente de mi situación.

―Oiga quiero ir a la estación. Puede que allí tengan alguna información sobre quién compró este billete.

―No. Es al hospital dónde debe ir.

―¿Por qué? Debo llevar horas en este estado. ¿Qué más da unas pocas más? Necesito ir a la estación antes que al hospital. ¿Es que no han visto ustedes El Gran Dictador, o Recuerda, o las más recientes como  Memento o El Caso Bourne? En todas ellas los amnésicos se enfrentan a la pérdida de memoria visitando lugares y personas que han formado parte de su vida. Mi única pista es el billete y el tren que sale esta tarde.

―No tengo el tiempo que tiene usted para ver cine. Por otro lado el protocolo en estos casos es claro: examen neurológico completo ―responde mientras recoge los artilugios médicos la mujer que me ha examinado― Ahora baje y espere a la ambulancia que llegará en unos minutos, ¿de acuerdo?
Ella también baja y se aparta con Héctor unos pasos. Hablan en voz baja. Él levanta la cabeza un par de veces. Me sonríe. No estoy seguro de si está actuando o no. Viene hacia mí.

―Así que es un experto en cine, ¿eh? Yo soy aficionado, y tengo una noticia para usted. En Valladolid se está celebrando un festival de cine. ¡Por eso el billete! —Mis pies se ponen en marcha espoleados por el chasquido de un látigo invisible—. Espere, ¿dónde va sin dinero, ni documentación? —Mi cara debe reflejar cómo me siento. Héctor se apiada— Voy a ayudarle pero quédese aquí. No se mueva. Llamaré a la estación a ver qué me dicen del  billete.

Tiende la mano y se lo entrego. Le veo desaparecer por las puertas de acceso a la tienda. No contaba con eso, pensaba que llamaría desde el móvil no que se marcharía con el único objeto que demuestra que tengo un destino. 

Tras unos minutos, no sé si cinco o veinte, me acerco a la ventanilla para pedir al del relevo que localice a Héctor. Pone excusas y se repite la escena del principio: Apártese….La fila de coches…Bla,bla,bla.

Oigo la sirena de una ambulancia y me escondo. No saldré de este aparcamiento sin mi billete.  Veo a un joven apearse y hablar con el hombre de la cabina. Echan una mirada por el recinto sin demasiado interés. Después cada uno regresa a su lugar, y la ambulancia se marcha.

¿Y si todo esto fuera un sueño? Con billete o sin él, saldré a la calle para comprobarlo.

Justo en este instante una mano se posa en mi hombro. Es Héctor con la expresión de que le han cargado con un saco de responsabilidad de la peor especie —algo como lo que hizo Meryl  Streep en La Decisión de Sophie; algo como elegir entre salvar de la muerte a tu madre o a tu hijo—, “Nada, no dicen nada”, tartamudea.

El horario del tren no deja me opción. El hospital tendrá que esperar.

―Dame dinero para llegar a la estación. Juro que te lo devolveré.

Esgrime excusas.  De pronto su expresión cambia, “Tengo una idea. Le tomo una foto con el móvil, voy a Valladolid, busco a los organizadores y vuelvo conociendo su identidad. Usted mientras tanto va al hospital”.

Y de nuevo una sonrisa que no comprendo. Demasiado complicado.

El billete está en su mano y tiro para recuperarlo. Él no lo suelta. Maldita sea, grito, es mío. Noto su expectación, los ojos agrandados, la respiración en suspenso. Entonces oigo otra sirena.

Unos brazos fuertes me sujetan y me alejan de él. Siento un pinchazo en el cuello. Grito y forcejeo. Ya no quiero el billete sino dar a Héctor un puñetazo que le desfigure la cara pálida y descompuesta que tiene. ¡Chivato!

Mi cerebro estaba fundido a negro, pero el pinchazo, la voz de Tomás y la tenaza de sus brazos  al ponerme la maldita camisa de fuerza, han reiniciado la película. Me empuja al interior del vehículo mientras le oigo explicar a Héctor, “Fue crítico de cine. Cada año por estas fechas dice lo mismo, ¡Me voy a Valladolid! Este año se lo tomó más en serio que de costumbre. Habrá que atarlo corto. Aunque no iría lejos, sin su medicación no es nadie”.  

“El billete, Tomás, el billete que me lo devuelva. Es mío”, grito.


Marusela Talbé.

jueves, 18 de diciembre de 2014

IV Concurso "Si las imágenes pudieran leerse: Poesía:"Vuela,vuela mariposa




Poesía ganadora del IV Concurso "Si las imágenes pudieran leerse"


Vuela, vuela mariposa
 
Te posas en el piano,
bella irisada
y tu suave aleteo
produce dulce melodía.
Admiro sigilosa
la pintura delicada
de tus alas extendidas.
¡Magnífica naturaleza,
quién pudiera tener
la dicha del vuelo!
Un tenue roce
te hace revolotear indecisa.
Yo te apremio.
Vuela, vuela, mariposa;
no te detengas.
Surca horizontes y mares,
llega a países deshumanizados,
hasta lugares inhóspitos.
Alivia barrotes reales,
abre cárceles internas.
Lleva a los hombres desgraciados
una visión de esperanza,
dadles una razón para la vida.
¡Oh tú, metáfora de libertad!

                         Autora: Ana Lozano 







Mi trofeo es el regalo del libro: "Salón de belleza" escrito por el autor mexicano  Mario Bellatím"



jueves, 4 de diciembre de 2014

Aislada



Le acercó la ropa al chico Harris. Lo ayudó a vestirse. Las manos se le movían solas y no acertaba a abrocharse la camisa. Rosa comprobó que el muchacho no tenía ni un arañazo. Lo llevó a la cocina y le dio una taza de ceibo. Aún temblaba cuando se marchó. Ella esperó paciente a que Mamita apareciese. Sabía que le iba a pedir explicaciones y había preparado la respuesta en un papel: “Ocuparé la habitación de Alondra. Quiero pagarte.”



Esa mañana Rosa se había colado en el cuarto de Alondra. Para su desgracia la sorprendió acuchillando el colchón. Rosa clavaba la navaja y la arrastraba a lo largo de la tela  una y otra vez. Ocupada en no dejar ni una maldita pluma dentro del colchón, no la vio entrar, ni echar la llave a la puerta. Cuando se dio cuenta Alondra estaba plantada ante ella con un cinto en la mano.

Mamita desde el bar oyó los golpes. Estas chicas, pensó, por qué pelearán ahora. Siguió secando los vasos hasta que cayó en la cuenta de que las voces que oía eran solo de Alondra: “¡Hija de la gran! ¿Yo qué te he hecho? ¡Engendro del demonio!”, y cada tres o cuatro palabras un silbido y después un golpe seco. Mamita dejó su tarea. Era Rosa, sin duda, quien recibía la paliza. Subió las escaleras, se paraba en cada escalón, suspiraba con cada flexión de las piernas. Entró en el cuarto con la llave maestra. Alondra había arrinconado a la chica que intentaba protegerse la cara con los brazos. La mujer iba a descargar otro correazo pero Mamita la sujetó.

―¡Tengo dicho que en la cara y en los pechos, no! Y ya está bien. ¿Qué ha pasado aquí? —preguntó con asombro al ver la alfombra plumífera, etérea y sutil, que cubría el suelo.

Alondra se echó a llorar.

―Mamita, la muy puerca ha destrozado mi colchón de plumas. ¡¿Cómo voy a trabajar ahora?! —gritaba entre hipidos y pataletas. Blandía la navaja que le había arrebatado a Rosa.

―Préstale la yegua que te regaló tu compadre para que se llegue al colmado y vuelva cuanto antes con otra pieza de tela. Que te ayude a recomponer el colchón —dijo a la vez que le quitaba la navaja—. Y tú, cuidado con lo que haces —advirtió Mamita al entregar el arma a Rosa, mirándola fijo y acercándosele a la cara.

Devolverme la navaja, qué ocurrencia. No lo habría hecho con ninguna otra. No me toman en serio, ni Mamita, ni las chicas, ni los clientes. Puede ser porque no armo ruido. Lo de eres aún una niña, ya no vale.

Había escogido su nombre hacía meses. Lo había escrito en un papel y mostrado a todos esperando que esa presentación sirviera para que comenzaran a solicitarla, pero solo había conseguido que dejaran de llamarla Laniña. Y allí seguía Alondra, vieja, pero con la mejor habitación de la casa en vez de estar en la cocina desde hacía tiempo.

De camino al pueblo, palpó en el bolsillo la navaja y el dinero. Mamita le había hecho firmar un pagaré que tendría que saldar cuando trabajase. Pues claro, es lo que quería. Pero el pagaré no tenía fecha. ¡Mamita era quien la apartaba del trabajo!

En un par de horas regresó con la tela. Comió en la cocina viendo a las chicas coser  la funda. Mamita no le quitaba la vista de encima. La mandó al cuarto a recoger las plumas en cuanto terminó el plato de frijoles. Lo agradeció. Estaba harta de las miradas de Alondra. Mientras cortaba la pieza de tela temió que le lanzase las tijeras.

Con la mano en el bolsillo, tentando la navaja, admiró la habitación: las paredes tapizadas con tejido de damasco dorado a juego con el dosel de la cama; el fino aguamanil de porcelana; el tocador que exhibía tarros de lociones perfumadas. Detuvo la vista en el suntuoso armario de caoba con herrajes dorados esculpidos en forma de hojas de parra y flores, repetidas en el copete y en las esquinas de las puertas; la madera brillaba bajo el pulido de la cera y el mueble olía a campo, a lluvia y a manzanas. Había pertenecido a la abuela, ricachona y aristócrata, de un cliente fiel. Lo abrió. En su interior la ropa era colorida y brillante. Rosa la manoseaba hasta que se vio reflejada en el  espejo de la puerta. Como serían las mujeres que se habían mirado en ese espejo y qué dirían si pudieran hablarle y ella oírlas: “Hazlo. Rómpelo. Que no vuelva  a reflejar a esa pájara”. Algo así le dirían, sí.

Lo rayó sin prisa, se entretuvo dibujando arabescos. El ruido hiriente de la punta metálica sobre la superficie lisa y fría como hielo no llegaba a su cerebro. Más adelante, en el correccional, recordaría aquellos minutos de placer. Convirtió la pureza del espejo en un ovillo de arañazos. Bastó un pequeño golpe en el centro otro en las esquinas para que cayera desmoronado a sus pies como un castillo de naipes. Tomó un pedazo de tela del antiguo colchón e hizo un hatillo para recoger los cristales. Se cortó con  las aristas. Se clavó las puntas, finas como agujas, más de una vez. Pero pensó que merecía la pena: una idea había iluminado su cerebro, anclado en la niñez, como si hubiesen prendido una linterna dentro. Lo escondió bajo la cama.
Alondra subió arrastrando la funda nueva. La halló sentada en el suelo, junto a la montaña de plumas, con expresión cándida.

—Mételas todas en la funda y cuidadito. Juro que como me hagas otra faena no te salva ni la Virgencita. Cose la abertura, ¿crees que serás capaz, inútil? ―dijo hablándole despacio. Rosa asintió. Se preocupó al verla ir hacia el armario. Sacó de él una bata roja sin mirar siquiera—. Me haces la cama. Cuando suba tiene que estar todo listo, ¿entendido?

Cuando quedaban pocas plumas por guardar sacudió el envoltorio que contenía el espejo, convertido en reflejos lacerantes, dentro del colchón. Cosió la abertura y puso las sábanas.

Aguardó en lo alto de la escalera, desde allí veía el salón. Comenzó a roerse las uñas sin darse cuenta. Alondra, sentada en el sofá verde destacaba como un farolillo con aquella bata. Poco después vio cómo se le cambiaba la sonrisa desganada por una sincera. El mediano de los Harris, de quince años, acababa de entrar. ¡Oh, no!

Alondra no tardó en acercarse, hacerle carantoñas y susurrarle al oído. El chico tenía una sonrisa boba en la cara. Asintió. Rosa los vio subir. Al pasar por su lado Alondra no la miró, el chico lo hizo con sorpresa: habían jugado no hacía tanto tiempo. Les vio entrar en la habitación mientras el corazón se le desbocaba.

Me gustaría oír, Virgencita, cómo me gustaría saber qué es un grito, qué un aullido de dolor por boca de la Alondra.

Pronto vio salir al herrero del cuarto de Estrella poniéndose los pantalones, dando traspiés, mirando a todas partes y a Estrella despavorida tras él. Identificaron de dónde provenía el ruido. Con un empujón la puerta cedió sin dificultad. Se quedaron en el umbral estupefactos; Rosa también.

En el mismo rincón en que ella había recibido los latigazos esa mañana, el pequeño Harris, con las manos cruzadas sobre sus partes, temblaba y movía la boca sin pronunciar palabra mirando hacia la cama. En ella, el cuerpo de Alondra, tendido boca arriba,  mostraba en el rostro una expresión de asombro y dolor. Manchas rojas se repartían por las sábanas blancas como si hubiesen llovido pétalos de rosa.

Marusela Talbé.

lunes, 1 de diciembre de 2014

EL ÚLTIMO VIAJE


Relato ganador del tercer concurso - Si las imágenes pudieran leerse.



                   Me asombraba ver a mis hermanos embobados mientras contemplaban cómo un tren de juguete, sujeto a una vía circular, daba una vuelta y otra sin parar y sin ir a ninguna parte. Yo le quitaba los raíles cuando jugaba con él; lo dejaba serpentear por el suelo y esconderse por debajo de los muebles y hasta lo sacaba al jardín, pero un día desapareció sin saber cómo.  
       
Desde entonces, he perdido todos los trenes. Pero me sigue gustando ir a la estación. Suelo caminar por los andenes envuelta en la melancolía que acompaña a las despedidas. El humo blanco que escupe la cabeza de la locomotora, es como un incienso que acompaña mis plegarias y me hace creer que, algún día, una mano tendida me invitará a subir a esos vagones en un viaje sin regreso.  



                                                                                                                 Mar Lana


Mi trofeo es el libro: Trilogía de Nueva York de Paul Auster



sábado, 29 de noviembre de 2014

¡SORPRESA!

Montaje gif efectuado con algunas de las fotos publicadas en la página de Veinte relatos para trayectos cortos.

viernes, 21 de noviembre de 2014

Eres el

Eres el ....

Leo poemas de Neruda,
y cada palabra me llega
mi corazón y mi alma se paran
porque esos poemas reflejan
un amor que yo siento
que invaden mis pensamientos
que se ilusionan mis sentimientos.
Y ahora intento escribir uno
para que tu sepas
que llenas de luz mi oscuridad
que pintas de arco iris mis días
que dibujas la luna cada noche
y cada sonrisa que me regalas

refleja la felicidad en mi mirada.

Kristin Martínez

lunes, 17 de noviembre de 2014

Veinte relatos para trayectos cortos

El próximo jueves, 20 de Noviembre, presentación del libro de 20 soñadores.
Varios de los autores firmaran el libro. A las 19:00 horas en Cafetería/Librería "La Ciudad Invisible", calle Costanilla de los Ángeles, 7, Madrid.





Estos son los veinte autores y sus relatos:

Aïda M. Loizu Un día de vacaciones

Ana J. Lozano Quédate conmigo

Blanca Vega El indulto

Cristina Martín Reinventando mis recuerdos

Cristina Ruiz Gallardo Tempus fugit

Cristóbal Sánchez Morales Fragmentos de papel

Emilio González Valcaneras ¿Eres tú Marilyn?

Esther Camacho Las libélulas rojas

Javier Fernández Lunáticos

José Fernández Hernández Las ausencias de Celia

Leandro Fernández Desde la otra orilla

Leire Meabe La Comunidad de Vecinos del Bloque Treinta y seis

Llorens Bustos Fernández Zapatos de tacón de aguja


Lorenzo Doncel Libros en la nevera

Marga García Pacios Carissia

María Dolores Jiménez García La Casa Grande

Matilde Selva Sobre la espalda

Paloma Cobollo No me acuerdo de olvidarte

Pascual Gozálvez “Elggin & Hijo”

Sonia Esser Malignocencia
J

sábado, 15 de noviembre de 2014

Aún queda luz





Por la comarcal traquetea una camioneta en el atardecer de agosto. El conductor, capataz de la hacienda La Venturosa, lleva a la propiedad a doña Soledad Ana, sobrina del viejo Martín Martín dueño de la finca.

La mujer se ha recolocado el sombrero varias veces queriendo escapar del sol. Suspira con languidez. Saca un pañuelo festoneado de encaje de su bolsa de mano y lo pasa por la nuca y la frente con disimulo. Entrecierra los ojos y se pregunta por qué se le ocurrió venir al fin del mundo. La herencia, sí; la carta del administrador del tío Martín, claro; su sentido de la responsabilidad, sobre todo eso. Atravesar el país. Todo por una granja qué solo Dios sabía de qué le iba a servir, piensa contemplando sus manos de piel fina y los dedos desnudos de alianza.


La carretera terminó hacía un rato. Ahora, el camino polvoriento atraviesa una zona llana y desértica cuyo fin es el horizonte. Algo oscuro, de forma irregular llama su atención. Lo señala al capataz. El hombre carraspea.


─Serán hijos de la mujer que vive en el chamizo. Tiene cinco o seis. Los deja ahí de vez en cuando. Espera que alguien los recoja.


La respuesta de Soledad Ana queda suspendida al borde de los labios marchitos. En ese momento pasan por delante del bulto: dos niños de pelo revuelto sentados sobre una manta deshilachada. Mira con desconcierto al hombre que conduce.


─ Señora, antes que verlos morir de hambre prefiere que se los lleven. Dice que se le ocurrió al ver que una carreta recogió a un perro que se había tendido en el erial.


─Regrese.


─Mejor seguimos. Esto le viene grande, dicho sea con todo respeto. Además, no queda mucha luz y la necesitamos para llegar a la hacienda. Las últimas lluvias destrozaron el camino…


─Quiero hablar con ella.


El capataz resopla, pero da la vuelta. Se detiene ante los niños que los observan con ojos imperturbables.


Al empujar la puerta de la choza se oye rechinar las bisagras oxidadas como el graznido de un pájaro cortando el aire. En el centro de la pieza una mujer mugrienta apila hojas y ramas; se incorpora y encuentra la mirada de la forastera.


─Tengo seis hijos, no puedo alimentarlos. Llévese alguno ─dice a bocajarro─. La Beneficencia me acogió dos, pero no más.


Soledad Ana se espanta: un catre, dos orzas, un cubo y un balde de hojalata, y una estera en el suelo arenoso dónde se apretujan unas criaturas. “Alguien tiene que ayudarla”, dice hablando para sí. La mujer clavándole la mirada, ruega “Llévese a estos dos. Ayúdeme usted ya que está aquí”.


El capataz cruza los brazos sobre el pecho y observa a la señora. Se lo advertí ―parece decirle―. Sí, prométale que hará gestiones, que volverá en una semana. Mejor eso. Aunque usted no logrará nada porque ella lo intentó todo. Y es más mujer que usted, señora, dicho sea con todo respeto.


En los siguientes días, Soledad Ana visita al administrador de la propiedad y cuenta la historia. “Qué barbaridad, siento que haya tenido que ver eso nada más llegar a nuestro pueblo. Muy triste. Pero es el Estado el que debe ocuparse. Nadie puede apropiarse de unos niños así como así, como si fueran…pajarillos caídos del nido. ¿A usted no se le habrá pasado por la cabeza, verdad? No, claro que no. Son seres humanos, los dos lo sabemos”.


Tras solicitar audiencia logra que un funcionario del Estado la reciba. “Conocemos el caso, por supuesto. Esa mujer siempre ha vivido así. Allí la parió su madre y allí se quedó. Lástima por los chiquillos, pero saldrán adelante como lo hizo ella”, sentencia el hombre.


Esa tarde, Soledad Ana pasea por la hacienda, cabizbaja a veces, mirando al horizonte otras. Este lugar extraño, perdido en mitad de la nada. Para qué lo quiero. Tal vez crear un lugar de retiro espiritual. Tal vez organizar una casa de acogida, una escuela. Si don Cástulo quisiera venir aquí sería diferente. Bendito sea el padrecito, mi guía, mi amor Dios me perdone. Pero no dejará la feligresía, lo sé. Yo tendría que renunciar al bien que hacemos, a las visitas a los enfermos, a las catequesis, a nuestras lecturas del Martirologio. No, a la noche diré al administrador que no viviré en La Venturosa.


“En ese caso no heredará la propiedad porque esa es la condición impuesta por su tío, en paz descanse. Pasará al Estado”. “Haga lo que tenga que hacer, pero mañana regreso.” A qué esperar más, cada día aquí es día perdido.


De nuevo en la camioneta intenta concentrarse en que dirá a la mujer que la espera, pero le resulta difícil: cuanto más se acorta la distancia más la posee un comezón como el que siente cuando la linchan los mosquitos. El capataz la mira de reojo con media sonrisa. Sí, él sabía. De alguna manera supo que si hubiese sido ella la conductora habría pasado de largo. Soledad Ana desciende con ímpetu del vehículo y cierra la portezuela con un golpe que lo hace tambalear.


La puerta de la choza cede como la otra vez. Un cuchillo de luz ilumina la pared de barro y cañas y ve a la mujer tendida en el catre y a los niños sentados alrededor. Se levantan los dos más grandes, la agarran cada uno de una mano y tiran de ella. Creía que la madre dormía hasta que se fija en la tierra empapada por algo oscuro y amorfo bajo el camastro. Indica al capataz que abra la puerta por completo: la palidez del rostro, los labios blanquecinos, la postración, la hendidura bordeada de rojo oscuro medio oculta entre los pliegues del refajo.


El capataz se acerca liando un cigarro, carraspea, “Siempre fue luchadora. Ya lo consiguió. El Estado se ocupará”.


Marusela Talbé

Playlist


Primera novela de Manuel Garrido Hernández, uno de los "soñadores".



Una historia para leer escuchando. Un amor distinto a los demás que emerge rompiendo las normas que rigen el azar. Un hombre y una mujer cuyos corazones laten al ritmo que marcan las más conmovedoras armonías. Primera novela del ganador de la segunda edición del Premio de Narrativa Breve El Placer de Escribir, convocado por Planeta DeAgostini.


viernes, 14 de noviembre de 2014

La ensaimada abandonada



Siempre que camino por las inmediaciones del parque Alquería Nova, suelo atender con precisión por donde piso. En la zona suelen pasear algunos con sus perros, permitiéndoles evacuar lo que les sobra a diario. Aquella mañana me sentí satisfecho; a lo lejos descubrí lo que me suponía: un gran zurullo con forma de ensaimada mallorquina. Pensé que el perro debería haberlo sentido, no tanto como su dueño por dejarla abandonada, a pesar de que el ayuntamiento mantiene la ordenanza municipal que sanciona a los que omiten recogerla. Es obvio que el animal aquí poco tiene que ver, ya que seguramente sea sacado de su casa para tal menester. Me sentí satisfecho al vadearla y con ganas de avisar a los que se aproximaban en sentido contrario, no lo hice, pensando que por su magnitud, la esquivarían como lo hiciera yo. Al llegar al cruce con la calle Gregorí Mayans escuché una voz conocida, me giré y descubrí a Javier, aguardé para saludarle. Por indicarme que iba con dirección a la farmacia, le acompañé hasta el paseo Germanías. Nos despedimos, pero antes de hacerlo, se me acercó y me dijo al oído:

—Creo que en el paso de peatones has pisado una mierda… de perro.

Resignado, miré la suela de mi zapato, y sí, sí que la había pisado.



POR FIN VIENE

Poema ganador del segundo concurso: "Si las imágenes pudieran leerse".


Por fin viene;
se alza sobre el agua y la camina
―¿quién se acerca?―.
Hiere su verde luz
al fango
que intentó ahogarla
―¿qué ilumina?―.
Tanta lágrima grita
en tantas manos
que no puede la cloaca
contenerla
―¿y ese canto?―.
Por el río de la vida
llega; una a una,
paso a paso,
todas juntas
contra el lodo
―¿tú la ves?―.
Mírala:
entre los juncos altivos
del silencio
y los huesos cansados
de la tierra
camina
La Esperanza.

domingo, 9 de noviembre de 2014

Casi lo mismo

Cuántas palabras contenidas en esas hojas, cuántas vivencias, realidades y mentiras. Como en las personas. Como en mí. Libros y gentes, ¿no serán la misma cosa? -se preguntaba el viejo sentado ante la biblioteca-. No, es evidente que no, ellos son eternos.


Marusela Talbé

lunes, 3 de noviembre de 2014

El espectador


Poema ganador del primer concurso: Si las imágenes pudieran leerse.





EL ESPECTADOR


Ya se desmorona la cultura.

Nunca quise ser testigo

de este trágico momento,

pues en el fondo sabía

que ese día llegaría

y yo sería el único espectador.

Arrojaré la cerilla

de mi último cigarrillo

a mis pies, sobre las ruinas

de la memoria de los hombres.

¿Renacerá de sus cenizas?

A nadie le importará

porque yo también

me habré consumido.



José Ángel Fernández







domingo, 2 de noviembre de 2014

ACECHO

 "Si las imágenes pudieran leerse".
En la penumbra de la tinta 
acecho
como texto invisible 
a punto de palabra; 
un verbo que conjuga 
ese mundo sin nombre 
a pesar de que ha sido 
luminoso alfabeto. 
Tanta luz oscurece 
las anónimas páginas.

miércoles, 29 de octubre de 2014

El dragón, la gorda y el autobús




El otro día salí tarde de trabajar. Ya había anochecido. Caminaba arrastrando los pies y mi estómago no dejaba de gruñirme. Antes de girar la esquina volví la vista atrás y me prometí que al día siguiente mataría al dragón. Ese engendro de piel escamosa que había convertido los baños de la planta cuarta en su guarida.

Me dirigía hacia la parada del autobús cuando me detuve en un semáforo en rojo. Aproveché para colocarme los auriculares y encender mi reproductor de música. Sonó El Danubio azul. Después me fijé en la acera de enfrente. Había un paseo que separaba los dos sentidos de la circulación. En mitad del mismo, justo en mi trayectoria, había una humana.

domingo, 26 de octubre de 2014

La visita medica



Anselmo llegó a primera hora al centro médico de su barriada, al ver que en toda la sala solo quedaba un asiento libre, consultó el papelilo donde tenía anotada la fecha y la hora. Quedó plantado hasta que escuchó su nombre por un altavoz. Una vez cerrada la puerta de la consulta, el médico se interesó:

—¿Que tiene?

—Me he quedado sin Omoprazol, también me haría falta una caja de paracetamol efervescente, de un gramo, y ALMAX, una caja, y otra de aspirinas y también Relaxan, duermo fatal, no pego ojo por las noches…

—Siéntese, si quiere.

—Tengo prisa, dígame a cuanto sube.

—Pues… exactamente, cuatro euros con veinticinco.

—Pues añada una cajita de parecetamol, de 650. En pastilla.


CORAZÓN SALVAJE

Un micro inquietante para estas fechas cercanas al Día de los Muertos.
 Cubrió el cadáver ensangrentado con la colcha y abandonó el chalé sin cerrar las puertas. Bajo el crepúsculo, caminó a paso indeciso por el sendero que conducía hacia el bosque, apenas iluminado por la luna. En cuanto llegó al pinar, se desprendió con rabia de las sandalias y, a continuación, del camisón de raso verde claro, ahora rojo sangre. Pero la ansiada desnudez no fue suficiente y su corazón siguió presionado por el peso lacerante de la memoria. Como una niña perdida, deambuló desesperada entre los árboles en busca del pino silvestre más antiguo del lugar, su árbol favorito, bajo cuyas ramas había hecho el amor tantas veces con Jorge, antes del distanciamiento. Cuando por fin lo encontró, afiló las uñas en la dura corteza y, sin pausas ni lágrimas, se despojó de la vieja cáscara, arrancando centímetro a centímetro la piel herida por el odio del amor. Liberada por fin de ella misma, trepó por el viejo pino, se tumbó sobre la rama más gruesa y, después de rugir de felicidad, cerró sus ojos amarillos.
Una hora más tarde descendió, hambrienta y oscura, con fuerzas renovadas para regresar al chalé y eliminar los apetitosos restos de su amante, convencida de que nunca volvería a ser epidermis del amor.

sábado, 18 de octubre de 2014

Ella no necesita un psiquiatra


Se paró un instante en el vestíbulo. Como una autómata se dirigió al buzón, lo abrió. Extrajo varios sobres que hojeó sin prestar atención. Propagandas; publicidades que la hacían sonreír porque ella —reina de los dobles sentidos, metáforas y símiles—, se las sabía todas. “Si trabajasen en mi agencia durarían lo que un insecto ante un camaleón”.
Se enfrentó al ascensor. No sabía qué tipo de fobia estaba gestando, pero cada día tragaba saliva antes de subir al hermético de acero, como lo había bautizado.
“Por qué coño se nos ocurriría elegir las alturas”. Tomó aire y entró. Veinte pisos recorridos en cuarenta segundos si no hay paradas intermedias. Lo ha comprobado un centenar de veces para decírselo al psiquiatra, cuando vaya: “Cuarenta eternos segundos”. Dani desea que concierte la cita. Ella sabe que no es solo por el ascensor es, sobre todo, por el constante posponer el tema de los hijos. “Dame una razón, cariño. Somos una pareja estable, las cosas nos van mejor que bien, tenemos salud. Nos falta crear una familia, un par de niños. Será maravilloso. Ya lo verás”. La palabra familia rechina en su cerebro igual que encontrar arena en un plato de almejas.
Una voz de caramelo anuncia la planta veinte. Por fin puede abandonar el hermético que la asfixia como si hubiera ascendido a ocho mil metros. Suda. La llave padece el baile de San Vito y cuesta introducirla en la cerradura hasta que sujeta una mano con la otra. Se abren unas puertas y se cierra otra, reflexiona apoyándose sobre la mesa redonda de cristal y pizarra que ocupa la entrada, “Es fría”, le había comentado a Dani en la tienda de Milán, “Es espectacular — había contestado él—. Como tú”.
Daniel. Buen publicista, todo un manipulador. Lo supo desde el primer momento y por eso se consideraba a salvo, pero le fastidiaba la frescura con que usaba esa habilidad. Lo había reflejado en varios relatos. Se los enseñaba cuando mostraba interés por sus textos. Nunca se dio por aludido. No sabía si era una pésima escritora o el hombre con quién vivía, un necio. No compartía con nadie una vocación que se iba abriendo paso a empujones, con un ímpetu que la desequilibraba y que ocupaba más espacio del que tenía disponible, como si un archivo de mil teras quisiera descargarse en un portátil.
Dejó las cartas y el bolso sobre la mesa. Se detuvo bajo el arco que daba paso al salón con su frente de ventanales asomados al cielo de la ciudad, “¿Cuántas veces los he abierto en el último año? Cuatro. Cinco. La climatización me atrapó”, se dijo.
Sacudió la cabeza para huir de la visión que le palpitaba dentro; el recuerdo de la visita al escritor reconocido la apremiaba. La había recibido en el piso con escaleras de madera que crujían secas de tantas lejías, en el barrio viejo de la ciudad: zonas peatonales, turistas, tiendas de recuerdos y franquicias de bares de comida rápida mezclados con tabernas frecuentadas por parroquianos. Sentada frente a él, le había lanzado una pregunta que la noqueó “¿Por qué quiere escribir?”. Incómoda en la habitación con balconcillo, librería desigual comprada a golpe de edición, libros manoseados, cenicero con escudo de un club de fútbol, y ante una persona —sobre todo eso— que no podría estar en ninguna otra parte del mundo porque ese cuarto era un abrigo hecho a medida, la embargó la envidia. Él no envidiaría a nadie y nada echaría en falta, porque lo tenía todo. La entrevista no había funcionado. No es que esperase que el escritor abriera su manuscrito y bolígrafo en mano se dedicara a comentar frases, elipsis, metáforas..., no; aunque, tal vez, un poco sí. Pero fue ella quien insistió en dejárselo a pesar de la certeza de que el hombre no encontraría tiempo para leerlo, y él quién no supo rechazarlo.

Al regresar de estas reflexiones pensó que podía llevar allí quince minutos o quince segundos, notó que en otro tiempo no se habría perdonado el despiste y ahora no le importaba.

Se había descalzado los “manolos”, servido una copa de vino y miraba los tejados de la ciudad cuando oyó el ruido de la llave en la puerta. Se giró. Daniel se acercaba sonriendo. La cogería por la cintura y besaría su mejilla. Tomaría un sorbo de vino e intentaría adivinar bodega y cosecha, se equivocaría y eso le valdría de excusa para ir a la cocina y servirse su copa. Ella preguntaría si no había bebido en la agencia, y él contestaría que solo un par de gin-tonic y medio güisqui. Y cuando él volviera la pillaría con la cabeza baja mirando la copa que giraría entre las manos.

—¿Qué pasa? ¿Te ocurre algo?
—Dime…, si desapareciera por un tiempo, no sé… tres, cuatro años, diez, ¿crees que la gente me olvidaría? —Ella misma se respondió— Yo sé que sí.
—No entiendo a qué viene esto —replicó él con una sonrisa intranquila.
Ella fue hacia la puerta, la abrió, miró el ascensor y las escaleras, y se volvió para decirle:
—¿Te mudarías a un bajo?
—¡Claro que no! —respondió él—. Nadie querría vivir con los pies en la tierra cuando puede tener el cielo —contestó guiñando un ojo.
La vio perderse por el pasillo hacia el vestidor y salir dos minutos después ataviada con vaqueros, sudadera y deportivas.
—Yo sí. Me marcho.
Sonreía como si le estuviera dando una buena noticia. Daniel oyó los pasos ligeros desaparecer escaleras abajo.

viernes, 17 de octubre de 2014

La culpa del amor

Me estreno en este nuevo proyecto.

La culpa, del amor

Se me rompió
se me rompió el corazón
se quebró de tanto amor
un amor que duró y duró
pero al final,
se rompió
se me rompió el corazón.
Cada noche es un lamento
cada noche,
las lágrimas invaden mi pecho
me dejan sin aliento
me torturan sin consuelo
y mi corazón late despacio
no galopa ya desbocado.
Se me rompió
se me rompió el corazón.


Mª Cristina Martínez García

jueves, 16 de octubre de 2014

La condolencia

         Después de rociar el ataúd con el hisopo, el párroco se acercó a donde estaban los hijos de la fallecida que, en la puerta de la iglesia, recibían solemnemente el pésame de amigos y familiares. El coche fúnebre estaba con la puerta trasera abierta y antes de que los del servicio de la funeraria introdujeran el arca, el cura dijo a uno de ellos:
       —La esperanza es lo único que no se pierde.
       —Yo, ya la he perdido…
       —¿Acaso no tiene fe?
       —Claro que tengo fe, y Esperanza, que es así como se llamaba mi madre.
       El empleado de la funeraria cerró el portón trasero y se les aproximó para estrecharles la mano y despedirse:
      —Nos vemos en el cementerio.

Un mal final

Mujer con pistola- Julio Romero de Torres.

 El blanco predominaba sobre cualquier otro color, de hecho era el único, si exceptuábamos el naranja de mi ropa. 

Los parpados me pesaban y por una rendija contemplé solo lo que se encontraba delante de mí, que no era mucho. No tenía noción de nada anterior a ese instante. 
Todo mi mundo se resumía en los pocos segundos que llevaba consciente. Ni siquiera pude levantarme del sitio o girar la cabeza. La angustia  trepó hasta mi garganta. Grité o eso creí, porque ningún sonido salió de mi boca. 

Cerré los ojos con fuerza decidida a buscar respuestas en mi interior. Una niebla espesa lo envolvía todo. Intenté pensar con algo de lógica. Alguien tendría que acudir a socorrerme y entonces...

Se descorrió una cortina y  vi un montón de rostros serios. Algunos no apartaban la vista de mí y otros se volvían para no mirarme.  El recuerdo me golpeó  de lleno y, horrorizada, quise olvidar de nuevo.

sábado, 11 de octubre de 2014

RETRATO DE UN HOMBRE




Su corpulencia se debía a la anchura de hombros y caderas, no a la estatura, y a la masa musculosa que cubría los huesos e inflaba la piel como si fuera la espuma de un cojín.

Poseía una sonrisa dispuesta a brotar como manantial y la carcajada limpia como el agua.

Miraba a los ojos cuando le hablabas, pero algunas veces se perdía en sus pensamientos subido a una alfombra mágica que lo alejaba de tí y, entonces, dejaba de escuchar, de paladear, de ver.

Desprendía calor. En invierno era un calor físico que te hacía buscar sus manos para estar reconfortada como cuando sostienes un tazón de leche humeante, o le das un buen trago a una copa de coñac. Pero emanaba otro calor que le surgía del corazón globoso y granate como fresa madura y que saboreabas con glotonería para no perder su esencia. Este calor te envolvía con un manto del que deseabas no desprenderte.

Aunque no siempre era así: el convertirse en un animal a la defensiva o dispuesto al ataque formaba parte de él como su olor corporal o su sombra.

Estos picos y valles, estas sierras abruptas y tormentosas lo transformaban en alguien con quién, de haberlo intuido, no hubieras compartido ni un instante, ni un café, ni una sonrisa. No podías evitar desear que la tormenta pasara cuanto antes, sin importar los destrozos a su paso, para regresar al hogar con chimenea, a la alfombra y al cojín.

La pasión con la se entregaba a la vida había engendrado un hombre bondadoso y terrible, y yo me había enamorado de él.

miércoles, 8 de octubre de 2014

Justicia



Hacía mucho tiempo que no venía al cine. Las películas de acción ya no son lo que eran. Eastwood, Norris, Bronson... ¡qué grandes! Te hacían aplaudir en la butaca. Y no los de ahora. Maricas.

Camino calle abajo hacia el lugar donde aparqué el coche. Mientras busco las llaves oigo unas voces, alguien grita. Levanto la mirada y veo a un tipo corriendo en mi dirección. Tras él hay otro que le señala mientras le persigue.
— ¡Socorro! ¡Al ladrón, al ladrón! ¡Mi móvil!

El ratero sortea a un par de viandantes, corre veloz, ya está cerca, afianzo mis pies en el suelo y cuando pasa junto a mí me interpongo en su trayectoria. Todo sucede en un par de segundos. Le empujo con mi hombro y le derribo, cae boca abajo y le inmovilizo clavando mi rodilla en su espalda. Cargo todo mi peso sobre su columna vertebral y le arranco el teléfono de las manos. Veo el logotipo de la dichosa manzanita; no podía ser otro. El caco intenta zafarse, apenas puedo verle la cara bajo la capucha de la sudadera. Protesta y trata de liberarse.

—No te muevas. Estira los brazos y pega la cara al suelo.

—¡No me haga daño! —suplica— por favor, déjeme marchar. Solo quería venderlo, en casa no tenemos nada para comer.

—Cállate.

—Se lo juro, no soy ningún delincuente, nunca había...

—He dicho que te calles —le interrumpo.

La víctima llega hasta nosotros, le entrego su móvil y me fijo en él: zapatos con borlas, pantalón rojo chillón y un polo blanco con un caballito en el pecho. Debe tener frío porque lleva el cuello levantado. Apenas es un crío.

—¿Todo en orden? —le pregunto.

Pero me ignora y comienza a toquetear la pantalla. Parece que está escribiendo un mensaje.

—Eh —insisto—, si todo está bien ya puedes llamar a la policía, no voy a sujetar a este fulano toda la tarde.

Por fin vuelve en sí y me mira como si viese a un extraterrestre.

—¿A la policía? Paso, ya tengo mi móvil. No quiero movidas.

—¿Pero qué estás diciendo?

—Que me largo; gracias, tío.

Y empieza a darse la vuelta para marcharse mientras yo estoy ahí, con ese desgraciado besando el suelo, pensando en que acabo de hacer de Charles Bronson para nada.

—Dame ese móvil. Lo haré yo —le digo, estirando el brazo.

—¿Qué? Ni hablar.

—¡Que me lo des, coño! —y se lo arranco de las manos. El muy imbécil se queda petrificado al ver que en menos de cinco minutos le han birlado dos veces su valioso teléfono.

Me pongo en pie, sujeto al ladronzuelo por la sudadera y le ayudo a levantarse. Apenas tiene treinta años, lleva varios días sin afeitarse y las lágrimas se deslizan sobre sus ojeras. Pongo el móvil en su mano. Hago un gesto con la cabeza, señalando calle arriba.

—Corre.

El pijo intenta detenerlo, pero le sujeto poniendo mi mano sobre su pecho. Le empujo contra una pared, mientras empieza a gritar como una nenaza.

—¡Que alguien llame a la policía!¡Ayuda! —pero los pocos espectadores que han presenciado la escena dan media vuelta y le ignoran. —No sabes quién soy yo. Te arrepentirás de esto. ¡Ese teléfono cuesta más de lo que tú ganas en un mes!

—Que te den, gilipollas —replico. Le suelto y me marcho sin mirar atrás. Me alejo recordando las películas de Harry el sucio. Qué grande era. «¿Te refieres a mí?»...no, espera, ese era otro. También me gustaba.

martes, 7 de octubre de 2014

DESEO



Sentados frente al televisor, después de cenar Benito no soporta el silencio establecido por su esposa y recostado junto a ella, insiste de nuevo:

—Te digo, que tomar un café con una buena amiga no supone nada, hay una clara diferencia entre la amistad y el deseo. El deseo es ir más allá del amor, parece mentira que tengas que reñirme por ello, bien sabes que la única mujer que más quiero es a ti y a nadie más…

—Anda vete y baja la basura.

—…cuando suba, te explicaré lo que es el deseo.

—¡Qué más quisieras!

¿Por qué escribe?


La culpa ha sido tuya. Si en vez de andarte por las ramas hubieras sido sincera, pero le dices que escribes desde que eras pequeña, que te apasiona leer, que en la facultad los profesores valoraban muy bien tus textos. Y esa gilipollez de que al escribir se te han abierto las puertas de un abismo y en el fondo hay algo magnético que te impide separarte ¡Puaf! Con razón sopesaba el manuscrito como si valiera más por el gramaje que por el contenido. ¿Sabrá esta mujer lo que le queda por aprender?, habrá pensadoEn realidad lo ha dicho: lo ha dicho cuando te ha mirado con esa expresión de condescendencia que usa el maestro ante el que quiere y no puede pero está lleno de buenas intencionesY al final va y te desea suerte en el mundo de la publicidad, que no sé para qué has contado lo del trabajo en la agencia. Has tirado por la borda la ocasión de su crítica o su consejo, o ambos. Has desperdiciado la cita, mierda, como si fueras a tener cientos de ocasiones de que un experto te lea. Pero…un momento, aún estoy a tiempo. Solo tengo que darme media vuelta, subir los escalones que me separan del piso y llamar al timbre. Así de sencilloVa a pensar que soy una pesada, o quizá no. Ha estado encantador, incluso amigable, mientras yo hacía el imbécil escondiéndome tras el traje de ejecutiva; si hasta he tardado unos minutos en quitarme las gafas de sol… Un momento, para, tía, ¿qué ha dicho sobre renunciar a la comodidadSí, olvidar la comodidad en el sentido más amplio de la palabra¡Si esa era mi declaración de intenciones! Eso es lo que quería decirle: estoy dispuesta a torturarme con preguntas sin respuesta, a que me llamen piradaperder amigos, incluso quedarme sin pareja, pobre Daniel nunca lo entenderáestoy dispuesta a subsistir en lo espiritual y mal vivir en lo material Alguien sube, se extrañará de ver a una desconocida aquí parada. Decide de una vezvuelves o no



—Buenos días.
—Hola, buenos días.
Desciendo. Necesito un poco de tiempo para preparar otro encuentro, a lo mejor dentro de un rato, o esta tarde, dejarlo para otro día, no, eso no. Cuando llegue al bajo me decido. Sí, cuando llegues, pero ya estás aquí, tía, ¿y ahora qué?...
—¿Va a subir?
el anciano que sujeta la puerta del ascensor desconoce la importancia de la pregunta y la lanza así, como si tal cosa, como si preguntara qué hora es
Oiga, señorita, que si va a subir. 
Sí suboQuinto, por favor.
Está hecho. Tocaré el timbre y cuando abra la puerta se lo diré sin más. Sin pedir disculpas por darle la lata, sin tartamudear, sin miedos, mirándole a los ojos
Ya estamos en el quinto. Adiós joven.
—Adiós.
Escribo porque respiro, le diré.
¡Riiiiing 

26 sep 2014,  Marusela Talbé