miércoles, 31 de diciembre de 2014

Breve cuento de Año Nuevo



Nos encontramos en el pasillo que lleva al dormitorio y algo sucedió. No sé si en él fue la abertura de mi pijama entre los pechos, o que a mí me atravesó su mirada sugerente de «¿por qué no?». De repente estaba adherido a mi espalda y sentí su aliento cálido en la nuca, la humedad de su boca en el cuello, en los hombros, la irreverente presión entre las nalgas y esa forma única de volar que aprendimos a la vez. Sí, nos encontramos en el pasillo de un modo inhumano, lo sé, indigno en dos personas que están a punto de divorciarse.

Después de esto volver al salón fue volver a la realidad fría y meditada, una realidad de la que era imposible escapar y aun así, durante unos segundos, arrullados por el sonido de un televisor que nadie atendía, nos sostuvimos la mirada. Él me sonrió y dijo:

─ Marta, feliz año nuevo.

Le devolví la sonrisa y, sin más, continuamos nuestra tarea individual de repartirnos los recuerdos.

jueves, 25 de diciembre de 2014

Los lamentos del Moro.

El lamento del Moro - Francisco Pradilla.
        En lo alto de una loma, unos jinetes contemplaban desolados la ciudad que habían dejado atrás. Uno de ellos, el más joven, lloraba e intentaba atesorar todos los colores y matices que habían conformado el paisaje de su vida y la de sus antepasados hasta aquel momento.

     —¿Por qué lloras? ¿Te sientes culpable por perder lo que era nuestro?

     —Sí madre. He fracasado y vos conmigo. Ya no queda nada por decir. Debí haber hablado antes pero obcecado por el poder no vi que me llevabais a la ruina. ¿No deberíais sentir pesar vos también?

     —Eres hijo y nietos de sultanes. Poseías el reino con mayor esplendor de la tierra conocida y  no has conseguido mantenerte  en el trono. Mira la hermosa vega llena de frutales que rodean el palacio más imponente jamás construido y la ciudad que se rindió a tus pies y ahora, debemos abandonar todo. ¿Hijo mío, a dónde iremos? ¿Cuál será nuestro destino? ¿Dónde reposaran mis pies ya cansados?

viernes, 19 de diciembre de 2014

Dios los cría...

Dios los cria…

Llegó al desfile con retraso, a propósito, para que la vieran sortear las sillas, alcanzar la primera fila y sentarse en la que rezaba en el respaldo “Sra. del Jefe de Sanidad”. Esta jefatura no existía, pero ella lo había sugerido a su marido con la misma naturalidad con que elegía la ropa que debía ponerse. Él no dudó en acatar la indicación y ordenar a un soldado que consiguiera la chapa y la pegara a una silla de la primera fila.

Cuidado, le había dicho él a su mujer, no quiero señalarme. Porque el “jefe”aún no podía creer que fuera médico estomatólogo. No dentista, como no cesaba de aclarar su mujer a cualquiera y por cualquier motivo. Él no olvidaba el impulso que ella había dado a su carrera de medicina al interceder, rogar y llorar sin pudor, ante profesores cuyas asignaturas se le atragantaban; ella sí.

Después vino la plaza en el Ejército. Como huérfano de guardia civil usó la prerrogativa que le libraba de concursar en la oposición de acceso al Cuerpo de Sanidad.

A fuerza de años llegó a comandante.

Echaba en falta una medalla. Le dolía, sobre todo, al vestir el uniforme azul marino de gala, y ver destacar las condecoraciones por actos de servicio sobre la tela oscura en otros uniformes con un fulgor que le ataba un nudo en la garganta. Pero si era molesto para él pasear entre pecheras jalonadas de medallas, era humillante para ella que, a pesar del traje largo, los guantes estilo Hilda, el recogido subido a la coronilla, no lograse atraer las miradas lo suficiente para apartarlas de la desnudez del uniforme de su marido.

Fue en una de estas reuniones cuando siguió a la mujer del general hasta el servicio. Imposible saber en qué momento —si antes o después de— convenció a la generala para realizarle una revisión dental.

El día de la revisión llegó y  ella se plantó en la cabecera del sillón profesional desde dónde cruzaba miradas con su marido, aconsejando, unas veces ella, otras él, limpieza dental, empastes, blanqueamiento, tratamiento para las encías. Sin dejar de reconocer la salud que desvelaba la dentadura, y esto sí era la pura verdad.

La esposa del comandante que no solía pasar por la consulta porque las relaciones sociales le ocupaban su tiempo, se encontraba allí cada vez que tocaba visita de la generala. No desperdiciaba la ocasión para, como de pasada, hablar del escaso reconocimiento de que era objeto su marido en el ámbito militar.

La generala volvía a su casa abrumada por la amabilidad y el desinterés del matrimonio que se negaba a cobrar las visitas, y acongojada por la injusticia que se cometía con ellos. Al transmitirlo a su marido reconocían ambos la necesidad de una recompensa. Pasaron por sus cabezas, un jamón, una escultura de bronce, una colección de libros encuadernados en piel. Claramente era el jamón lo más acertado para la pareja, pero el general no se veía regalándolo por lo campechano del producto.

Una noche, al regreso de la consulta, contando a su marido como había ido la visita la generala pronunció la palabra medalla en lugar de recompensa, o premio, y sus miradas hablaron por sí mismas. Tanto él como su mujer  estuvieron de acuerdo en que la concesión de una medalla sería una bonita sorpresa y un acto de justicia.  


Marusela Talbé

El billete

El billete

Moviéndome con dificultad entre los coches me dirijo hacia la luz, proviene de una cabina acristalada, el foco cae sobre el rostro de un joven, lo tiñe de blanco, lo convierte en frío.

—Necesito ayuda —susurro.
—Está prohibido bajar del automóvil. Pueden atropellarle. Regrese a su vehículo, por favor.

Con gesto impaciente indica que me aparte.

—Creo que estoy en el aparcamiento de un centro comercial —añado sin moverme.

Me mira. Tiene dibujada en la cara una sonrisa diplomática y aburrida. Comprendo que estar sentado dentro de esa urna sin más que extender el brazo y repetir las mismas palabras puede acabar con el optimismo de cualquiera. Encima los jefes exigirán también la sonrisa. Debería ser un buen actor para engañar a los clientes con ella.

Como no le dejo cobrar los tickets, empiezan a sonar las bocinas. Se levanta y hace gestos a los conductores para que se tranquilicen. Me amenaza con llamar a seguridad. El estrépito aumenta al rebotar el ruido en las paredes. Se convierte en estereofónico. El tipo lleva una chapa en el uniforme: Héctor, leo. “Sabe Héctor, tiene usted un nombre de héroe que no se merece”, le digo dejando libre la ventanilla y apartándome a un rincón.

Un idiota. Así me siento mirando alternativamente hacia la calle y hacia la cabina. Cuando ya he perdido la esperanza de que me escuche llega el relevo de Héctor y él se me acerca.

―¿Qué le ocurre?¿No encuentra su coche? Le ayudaré a buscarlo ―dice con voz samaritana.

Pero no es tan sencillo. No sé qué ha pasado. Desperté tirado en el suelo entre dos coches con  un fluorescente a varios metros sobre mi cabeza; la luz parpadeaba y el tubo sonaba como si estuviera friendo moscas. No siento dolor. No estoy herido. Pero mi cabeza está vacía. Alguien me ha sorbido el cerebro con una pajita, le digo en un intento por desdramatizar, aunque noto la angustia reptar por la garganta, ahogarme. Héctor me pregunta por la documentación. No tengo nada: ni dinero, ni carnés, ni llaves, solo un billete de tren. Un billete del Rápido a Valladolid para las siete. Una pequeña luz parpadea en el interior de mi cabeza como un código morse. Demasiado rápido para descifrarlo.

Vuelve a la cabina dónde el relevo actúa, igual que lo hacía Héctor, con la indiferencia de una máquina. Por eso os sustituirán, pienso, no por la sonrisa. Hablan. Héctor sale con un móvil en la mano “Avisaré al 112”, comenta. No tengo idea de qué es. Miro el billete y me pregunto si el sistema informático de la estación archivará quién lo compró. He debido hablar en voz alta porque Héctor responde, “¡Sí, claro!..., lo malo es lo de la protección de datos. A lo mejor habría que recurrir a la policía para conseguir la información”. Otra vez el morse, esta vez lo descifro: policía no.

El 112 resulta ser un vehículo del que se apean dos mujeres con batas verdes que me sientan en la camilla del interior. Tras multitud de preguntas y algunas pruebas neurológicas,  deciden que no se trata de una urgencia. Empiezo a ser consciente de mi situación.

―Oiga quiero ir a la estación. Puede que allí tengan alguna información sobre quién compró este billete.

―No. Es al hospital dónde debe ir.

―¿Por qué? Debo llevar horas en este estado. ¿Qué más da unas pocas más? Necesito ir a la estación antes que al hospital. ¿Es que no han visto ustedes El Gran Dictador, o Recuerda, o las más recientes como  Memento o El Caso Bourne? En todas ellas los amnésicos se enfrentan a la pérdida de memoria visitando lugares y personas que han formado parte de su vida. Mi única pista es el billete y el tren que sale esta tarde.

―No tengo el tiempo que tiene usted para ver cine. Por otro lado el protocolo en estos casos es claro: examen neurológico completo ―responde mientras recoge los artilugios médicos la mujer que me ha examinado― Ahora baje y espere a la ambulancia que llegará en unos minutos, ¿de acuerdo?
Ella también baja y se aparta con Héctor unos pasos. Hablan en voz baja. Él levanta la cabeza un par de veces. Me sonríe. No estoy seguro de si está actuando o no. Viene hacia mí.

―Así que es un experto en cine, ¿eh? Yo soy aficionado, y tengo una noticia para usted. En Valladolid se está celebrando un festival de cine. ¡Por eso el billete! —Mis pies se ponen en marcha espoleados por el chasquido de un látigo invisible—. Espere, ¿dónde va sin dinero, ni documentación? —Mi cara debe reflejar cómo me siento. Héctor se apiada— Voy a ayudarle pero quédese aquí. No se mueva. Llamaré a la estación a ver qué me dicen del  billete.

Tiende la mano y se lo entrego. Le veo desaparecer por las puertas de acceso a la tienda. No contaba con eso, pensaba que llamaría desde el móvil no que se marcharía con el único objeto que demuestra que tengo un destino. 

Tras unos minutos, no sé si cinco o veinte, me acerco a la ventanilla para pedir al del relevo que localice a Héctor. Pone excusas y se repite la escena del principio: Apártese….La fila de coches…Bla,bla,bla.

Oigo la sirena de una ambulancia y me escondo. No saldré de este aparcamiento sin mi billete.  Veo a un joven apearse y hablar con el hombre de la cabina. Echan una mirada por el recinto sin demasiado interés. Después cada uno regresa a su lugar, y la ambulancia se marcha.

¿Y si todo esto fuera un sueño? Con billete o sin él, saldré a la calle para comprobarlo.

Justo en este instante una mano se posa en mi hombro. Es Héctor con la expresión de que le han cargado con un saco de responsabilidad de la peor especie —algo como lo que hizo Meryl  Streep en La Decisión de Sophie; algo como elegir entre salvar de la muerte a tu madre o a tu hijo—, “Nada, no dicen nada”, tartamudea.

El horario del tren no deja me opción. El hospital tendrá que esperar.

―Dame dinero para llegar a la estación. Juro que te lo devolveré.

Esgrime excusas.  De pronto su expresión cambia, “Tengo una idea. Le tomo una foto con el móvil, voy a Valladolid, busco a los organizadores y vuelvo conociendo su identidad. Usted mientras tanto va al hospital”.

Y de nuevo una sonrisa que no comprendo. Demasiado complicado.

El billete está en su mano y tiro para recuperarlo. Él no lo suelta. Maldita sea, grito, es mío. Noto su expectación, los ojos agrandados, la respiración en suspenso. Entonces oigo otra sirena.

Unos brazos fuertes me sujetan y me alejan de él. Siento un pinchazo en el cuello. Grito y forcejeo. Ya no quiero el billete sino dar a Héctor un puñetazo que le desfigure la cara pálida y descompuesta que tiene. ¡Chivato!

Mi cerebro estaba fundido a negro, pero el pinchazo, la voz de Tomás y la tenaza de sus brazos  al ponerme la maldita camisa de fuerza, han reiniciado la película. Me empuja al interior del vehículo mientras le oigo explicar a Héctor, “Fue crítico de cine. Cada año por estas fechas dice lo mismo, ¡Me voy a Valladolid! Este año se lo tomó más en serio que de costumbre. Habrá que atarlo corto. Aunque no iría lejos, sin su medicación no es nadie”.  

“El billete, Tomás, el billete que me lo devuelva. Es mío”, grito.


Marusela Talbé.

jueves, 18 de diciembre de 2014

IV Concurso "Si las imágenes pudieran leerse: Poesía:"Vuela,vuela mariposa




Poesía ganadora del IV Concurso "Si las imágenes pudieran leerse"


Vuela, vuela mariposa
 
Te posas en el piano,
bella irisada
y tu suave aleteo
produce dulce melodía.
Admiro sigilosa
la pintura delicada
de tus alas extendidas.
¡Magnífica naturaleza,
quién pudiera tener
la dicha del vuelo!
Un tenue roce
te hace revolotear indecisa.
Yo te apremio.
Vuela, vuela, mariposa;
no te detengas.
Surca horizontes y mares,
llega a países deshumanizados,
hasta lugares inhóspitos.
Alivia barrotes reales,
abre cárceles internas.
Lleva a los hombres desgraciados
una visión de esperanza,
dadles una razón para la vida.
¡Oh tú, metáfora de libertad!

                         Autora: Ana Lozano 







Mi trofeo es el regalo del libro: "Salón de belleza" escrito por el autor mexicano  Mario Bellatím"



jueves, 4 de diciembre de 2014

Aislada



Le acercó la ropa al chico Harris. Lo ayudó a vestirse. Las manos se le movían solas y no acertaba a abrocharse la camisa. Rosa comprobó que el muchacho no tenía ni un arañazo. Lo llevó a la cocina y le dio una taza de ceibo. Aún temblaba cuando se marchó. Ella esperó paciente a que Mamita apareciese. Sabía que le iba a pedir explicaciones y había preparado la respuesta en un papel: “Ocuparé la habitación de Alondra. Quiero pagarte.”



Esa mañana Rosa se había colado en el cuarto de Alondra. Para su desgracia la sorprendió acuchillando el colchón. Rosa clavaba la navaja y la arrastraba a lo largo de la tela  una y otra vez. Ocupada en no dejar ni una maldita pluma dentro del colchón, no la vio entrar, ni echar la llave a la puerta. Cuando se dio cuenta Alondra estaba plantada ante ella con un cinto en la mano.

Mamita desde el bar oyó los golpes. Estas chicas, pensó, por qué pelearán ahora. Siguió secando los vasos hasta que cayó en la cuenta de que las voces que oía eran solo de Alondra: “¡Hija de la gran! ¿Yo qué te he hecho? ¡Engendro del demonio!”, y cada tres o cuatro palabras un silbido y después un golpe seco. Mamita dejó su tarea. Era Rosa, sin duda, quien recibía la paliza. Subió las escaleras, se paraba en cada escalón, suspiraba con cada flexión de las piernas. Entró en el cuarto con la llave maestra. Alondra había arrinconado a la chica que intentaba protegerse la cara con los brazos. La mujer iba a descargar otro correazo pero Mamita la sujetó.

―¡Tengo dicho que en la cara y en los pechos, no! Y ya está bien. ¿Qué ha pasado aquí? —preguntó con asombro al ver la alfombra plumífera, etérea y sutil, que cubría el suelo.

Alondra se echó a llorar.

―Mamita, la muy puerca ha destrozado mi colchón de plumas. ¡¿Cómo voy a trabajar ahora?! —gritaba entre hipidos y pataletas. Blandía la navaja que le había arrebatado a Rosa.

―Préstale la yegua que te regaló tu compadre para que se llegue al colmado y vuelva cuanto antes con otra pieza de tela. Que te ayude a recomponer el colchón —dijo a la vez que le quitaba la navaja—. Y tú, cuidado con lo que haces —advirtió Mamita al entregar el arma a Rosa, mirándola fijo y acercándosele a la cara.

Devolverme la navaja, qué ocurrencia. No lo habría hecho con ninguna otra. No me toman en serio, ni Mamita, ni las chicas, ni los clientes. Puede ser porque no armo ruido. Lo de eres aún una niña, ya no vale.

Había escogido su nombre hacía meses. Lo había escrito en un papel y mostrado a todos esperando que esa presentación sirviera para que comenzaran a solicitarla, pero solo había conseguido que dejaran de llamarla Laniña. Y allí seguía Alondra, vieja, pero con la mejor habitación de la casa en vez de estar en la cocina desde hacía tiempo.

De camino al pueblo, palpó en el bolsillo la navaja y el dinero. Mamita le había hecho firmar un pagaré que tendría que saldar cuando trabajase. Pues claro, es lo que quería. Pero el pagaré no tenía fecha. ¡Mamita era quien la apartaba del trabajo!

En un par de horas regresó con la tela. Comió en la cocina viendo a las chicas coser  la funda. Mamita no le quitaba la vista de encima. La mandó al cuarto a recoger las plumas en cuanto terminó el plato de frijoles. Lo agradeció. Estaba harta de las miradas de Alondra. Mientras cortaba la pieza de tela temió que le lanzase las tijeras.

Con la mano en el bolsillo, tentando la navaja, admiró la habitación: las paredes tapizadas con tejido de damasco dorado a juego con el dosel de la cama; el fino aguamanil de porcelana; el tocador que exhibía tarros de lociones perfumadas. Detuvo la vista en el suntuoso armario de caoba con herrajes dorados esculpidos en forma de hojas de parra y flores, repetidas en el copete y en las esquinas de las puertas; la madera brillaba bajo el pulido de la cera y el mueble olía a campo, a lluvia y a manzanas. Había pertenecido a la abuela, ricachona y aristócrata, de un cliente fiel. Lo abrió. En su interior la ropa era colorida y brillante. Rosa la manoseaba hasta que se vio reflejada en el  espejo de la puerta. Como serían las mujeres que se habían mirado en ese espejo y qué dirían si pudieran hablarle y ella oírlas: “Hazlo. Rómpelo. Que no vuelva  a reflejar a esa pájara”. Algo así le dirían, sí.

Lo rayó sin prisa, se entretuvo dibujando arabescos. El ruido hiriente de la punta metálica sobre la superficie lisa y fría como hielo no llegaba a su cerebro. Más adelante, en el correccional, recordaría aquellos minutos de placer. Convirtió la pureza del espejo en un ovillo de arañazos. Bastó un pequeño golpe en el centro otro en las esquinas para que cayera desmoronado a sus pies como un castillo de naipes. Tomó un pedazo de tela del antiguo colchón e hizo un hatillo para recoger los cristales. Se cortó con  las aristas. Se clavó las puntas, finas como agujas, más de una vez. Pero pensó que merecía la pena: una idea había iluminado su cerebro, anclado en la niñez, como si hubiesen prendido una linterna dentro. Lo escondió bajo la cama.
Alondra subió arrastrando la funda nueva. La halló sentada en el suelo, junto a la montaña de plumas, con expresión cándida.

—Mételas todas en la funda y cuidadito. Juro que como me hagas otra faena no te salva ni la Virgencita. Cose la abertura, ¿crees que serás capaz, inútil? ―dijo hablándole despacio. Rosa asintió. Se preocupó al verla ir hacia el armario. Sacó de él una bata roja sin mirar siquiera—. Me haces la cama. Cuando suba tiene que estar todo listo, ¿entendido?

Cuando quedaban pocas plumas por guardar sacudió el envoltorio que contenía el espejo, convertido en reflejos lacerantes, dentro del colchón. Cosió la abertura y puso las sábanas.

Aguardó en lo alto de la escalera, desde allí veía el salón. Comenzó a roerse las uñas sin darse cuenta. Alondra, sentada en el sofá verde destacaba como un farolillo con aquella bata. Poco después vio cómo se le cambiaba la sonrisa desganada por una sincera. El mediano de los Harris, de quince años, acababa de entrar. ¡Oh, no!

Alondra no tardó en acercarse, hacerle carantoñas y susurrarle al oído. El chico tenía una sonrisa boba en la cara. Asintió. Rosa los vio subir. Al pasar por su lado Alondra no la miró, el chico lo hizo con sorpresa: habían jugado no hacía tanto tiempo. Les vio entrar en la habitación mientras el corazón se le desbocaba.

Me gustaría oír, Virgencita, cómo me gustaría saber qué es un grito, qué un aullido de dolor por boca de la Alondra.

Pronto vio salir al herrero del cuarto de Estrella poniéndose los pantalones, dando traspiés, mirando a todas partes y a Estrella despavorida tras él. Identificaron de dónde provenía el ruido. Con un empujón la puerta cedió sin dificultad. Se quedaron en el umbral estupefactos; Rosa también.

En el mismo rincón en que ella había recibido los latigazos esa mañana, el pequeño Harris, con las manos cruzadas sobre sus partes, temblaba y movía la boca sin pronunciar palabra mirando hacia la cama. En ella, el cuerpo de Alondra, tendido boca arriba,  mostraba en el rostro una expresión de asombro y dolor. Manchas rojas se repartían por las sábanas blancas como si hubiesen llovido pétalos de rosa.

Marusela Talbé.

lunes, 1 de diciembre de 2014

EL ÚLTIMO VIAJE


Relato ganador del tercer concurso - Si las imágenes pudieran leerse.



                   Me asombraba ver a mis hermanos embobados mientras contemplaban cómo un tren de juguete, sujeto a una vía circular, daba una vuelta y otra sin parar y sin ir a ninguna parte. Yo le quitaba los raíles cuando jugaba con él; lo dejaba serpentear por el suelo y esconderse por debajo de los muebles y hasta lo sacaba al jardín, pero un día desapareció sin saber cómo.  
       
Desde entonces, he perdido todos los trenes. Pero me sigue gustando ir a la estación. Suelo caminar por los andenes envuelta en la melancolía que acompaña a las despedidas. El humo blanco que escupe la cabeza de la locomotora, es como un incienso que acompaña mis plegarias y me hace creer que, algún día, una mano tendida me invitará a subir a esos vagones en un viaje sin regreso.  



                                                                                                                 Mar Lana


Mi trofeo es el libro: Trilogía de Nueva York de Paul Auster