sábado, 18 de octubre de 2014

Ella no necesita un psiquiatra


Se paró un instante en el vestíbulo. Como una autómata se dirigió al buzón, lo abrió. Extrajo varios sobres que hojeó sin prestar atención. Propagandas; publicidades que la hacían sonreír porque ella —reina de los dobles sentidos, metáforas y símiles—, se las sabía todas. “Si trabajasen en mi agencia durarían lo que un insecto ante un camaleón”.
Se enfrentó al ascensor. No sabía qué tipo de fobia estaba gestando, pero cada día tragaba saliva antes de subir al hermético de acero, como lo había bautizado.
“Por qué coño se nos ocurriría elegir las alturas”. Tomó aire y entró. Veinte pisos recorridos en cuarenta segundos si no hay paradas intermedias. Lo ha comprobado un centenar de veces para decírselo al psiquiatra, cuando vaya: “Cuarenta eternos segundos”. Dani desea que concierte la cita. Ella sabe que no es solo por el ascensor es, sobre todo, por el constante posponer el tema de los hijos. “Dame una razón, cariño. Somos una pareja estable, las cosas nos van mejor que bien, tenemos salud. Nos falta crear una familia, un par de niños. Será maravilloso. Ya lo verás”. La palabra familia rechina en su cerebro igual que encontrar arena en un plato de almejas.
Una voz de caramelo anuncia la planta veinte. Por fin puede abandonar el hermético que la asfixia como si hubiera ascendido a ocho mil metros. Suda. La llave padece el baile de San Vito y cuesta introducirla en la cerradura hasta que sujeta una mano con la otra. Se abren unas puertas y se cierra otra, reflexiona apoyándose sobre la mesa redonda de cristal y pizarra que ocupa la entrada, “Es fría”, le había comentado a Dani en la tienda de Milán, “Es espectacular — había contestado él—. Como tú”.
Daniel. Buen publicista, todo un manipulador. Lo supo desde el primer momento y por eso se consideraba a salvo, pero le fastidiaba la frescura con que usaba esa habilidad. Lo había reflejado en varios relatos. Se los enseñaba cuando mostraba interés por sus textos. Nunca se dio por aludido. No sabía si era una pésima escritora o el hombre con quién vivía, un necio. No compartía con nadie una vocación que se iba abriendo paso a empujones, con un ímpetu que la desequilibraba y que ocupaba más espacio del que tenía disponible, como si un archivo de mil teras quisiera descargarse en un portátil.
Dejó las cartas y el bolso sobre la mesa. Se detuvo bajo el arco que daba paso al salón con su frente de ventanales asomados al cielo de la ciudad, “¿Cuántas veces los he abierto en el último año? Cuatro. Cinco. La climatización me atrapó”, se dijo.
Sacudió la cabeza para huir de la visión que le palpitaba dentro; el recuerdo de la visita al escritor reconocido la apremiaba. La había recibido en el piso con escaleras de madera que crujían secas de tantas lejías, en el barrio viejo de la ciudad: zonas peatonales, turistas, tiendas de recuerdos y franquicias de bares de comida rápida mezclados con tabernas frecuentadas por parroquianos. Sentada frente a él, le había lanzado una pregunta que la noqueó “¿Por qué quiere escribir?”. Incómoda en la habitación con balconcillo, librería desigual comprada a golpe de edición, libros manoseados, cenicero con escudo de un club de fútbol, y ante una persona —sobre todo eso— que no podría estar en ninguna otra parte del mundo porque ese cuarto era un abrigo hecho a medida, la embargó la envidia. Él no envidiaría a nadie y nada echaría en falta, porque lo tenía todo. La entrevista no había funcionado. No es que esperase que el escritor abriera su manuscrito y bolígrafo en mano se dedicara a comentar frases, elipsis, metáforas..., no; aunque, tal vez, un poco sí. Pero fue ella quien insistió en dejárselo a pesar de la certeza de que el hombre no encontraría tiempo para leerlo, y él quién no supo rechazarlo.

Al regresar de estas reflexiones pensó que podía llevar allí quince minutos o quince segundos, notó que en otro tiempo no se habría perdonado el despiste y ahora no le importaba.

Se había descalzado los “manolos”, servido una copa de vino y miraba los tejados de la ciudad cuando oyó el ruido de la llave en la puerta. Se giró. Daniel se acercaba sonriendo. La cogería por la cintura y besaría su mejilla. Tomaría un sorbo de vino e intentaría adivinar bodega y cosecha, se equivocaría y eso le valdría de excusa para ir a la cocina y servirse su copa. Ella preguntaría si no había bebido en la agencia, y él contestaría que solo un par de gin-tonic y medio güisqui. Y cuando él volviera la pillaría con la cabeza baja mirando la copa que giraría entre las manos.

—¿Qué pasa? ¿Te ocurre algo?
—Dime…, si desapareciera por un tiempo, no sé… tres, cuatro años, diez, ¿crees que la gente me olvidaría? —Ella misma se respondió— Yo sé que sí.
—No entiendo a qué viene esto —replicó él con una sonrisa intranquila.
Ella fue hacia la puerta, la abrió, miró el ascensor y las escaleras, y se volvió para decirle:
—¿Te mudarías a un bajo?
—¡Claro que no! —respondió él—. Nadie querría vivir con los pies en la tierra cuando puede tener el cielo —contestó guiñando un ojo.
La vio perderse por el pasillo hacia el vestidor y salir dos minutos después ataviada con vaqueros, sudadera y deportivas.
—Yo sí. Me marcho.
Sonreía como si le estuviera dando una buena noticia. Daniel oyó los pasos ligeros desaparecer escaleras abajo.

16 comentarios:

  1. No se descarga completo, no sé porque, :(

    ResponderEliminar
  2. Me da problemas, no puedo mover el texto para marcar con más espacio los puntos y aparta y mejorar el aspecto del texto, puede que sea poque trabajo con una tablet de Apple, o no, no tengo ni idea. He descargado el resto como continuación queda un poco churro, pero....gracias de todas formas Guadalupe. :)

    ResponderEliminar
  3. Marusela, tienes mucho, muchísimo talento y un estilazo de la leche... La única pega que yo le pondría a esta historia es que me he sentido algo desconcertado por un par de cambios en el tiempo de la narración: comienzas a narrar en pasado, luego en presente y después en pasado de nuevo. No sé si es premeditado o una errata. Por lo demás... una forma de escribir inspiradora. Besos.

    ResponderEliminar
  4. Hola Pascual, ufff qué pedazo de piropo me acabas de echar, jajaja, estoy flipando como dicen los jóvenes, y orgullosa de que te haya gustado a tí. En cuanto a los tiempos en realidad la única escena transcurrida en el pasado es la de la entrevista con el escritor, el resto es presente, lo que sí es cierto es que uso el pasado perfecto y el imperfecto para acciones que transcurren en el momento solo que están pasadas por el filtro de un narrador con lo,cual hay una diferencia temporal, creo que está permitido. De todas formas como es un ejercicio para el taller que realizo le preguntaré al,profe y te cuento grandullón. Un beso.

    ResponderEliminar
  5. Estupendo relato. Falta afinar algunas cosillas, pero en conjunto está genial.

    ResponderEliminar
  6. Qué bueno Marusela. Me ha encantado la historia.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Muchas gracias Kristin, me alegra mucho que te haya gustado, :)

      Eliminar
  7. Realilla gracias por ordenarlo, muááå guapa y si tienes un ratito,dime las cosillas del relato que no te cuadran, por fa😊

    ResponderEliminar
  8. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

    ResponderEliminar
  9. ¡Mi comentario no se ha subido! Repito: ahora se lee mucho mejor. Buen relato, Marusela.

    ResponderEliminar
  10. Me ha gustado mucho tu relato. A ver si aprendo yo a ligar las frases como tú lo haces dando agilidad al texto. Está muy bien. Si vas a un taller y aprendes algo que creas debamos saber los demás nos dices que te lo agradeceremos en el alma. Muchos besos.

    ResponderEliminar
  11. Qué pasada, me ha encantado.
    Además suena a tí, no sé, tiene una cualidad que ya voy reconociendo en tus escritos.
    Enhorabuena y un achuchón.

    ResponderEliminar
  12. Pablo y Mar, perdonad que no haya contestado, hacía tiempo que no revisaba este texto.
    Pablo,lo que me dices me encanta, suena a desarrollar un estilo propio, ¡huy, qué maravilla! A ver si lo consigo.
    Mar, no sé si lo del taller lo dices por lo de los tiempos que comentaba Pascual. Aunque le mandé por mail la consulta al profe no me contestó. (yo creo que teme que me ponga muy pesada "si le contesto una, no parará de enviarme dudas", puede pensar, jajaja). Pero bueno, el caso es que nuestro amigo Marcelo di Marco dice en uno de sus talleres que pretérito perfecto y presente son a efectos de relato presentes. En cualquier caso me fijaré en lo que lea a ver si lo confirmo.
    Y si aprendo algo que no sea abstracto, una sugerencia, un alguna vez o ciertos autores..., sino esto así, siempre y en cualquier caso, algo como 2+2 son cuatro, os lo digo, no te preocupes. ;)

    ResponderEliminar